Tu pensión Afore alcanza cada vez para menos frente a la canasta alimentaria
El costo de la vida en México cambia más rápido que los ingresos. El reciente aumento en los precios de alimentos se siente con mayor fuerza en el gasto cotidiano, particularmente en productos esenciales como jitomate, limón o carne, que forman parte de la dieta diaria en millones de hogares. Así, el dinero de los jubilados —especialmente aquellos que dependen de una pensión bajo el sistema de Afores— enfrenta una presión cada vez más evidente: alcanza para menos, incluso sin que el monto haya disminuido.
Arranque del sistema de Afores
El sistema de pensiones en México se basa en cuentas individuales desde finales de los años noventa y fue diseñado bajo la lógica de que cada trabajador acumule recursos a lo largo de su vida laboral. Sin embargo, ese modelo comenzó a mostrar sus primeros resultados apenas en años recientes, conforme los trabajadores afiliados bajo este esquema comenzaron a retirarse.
Para 2020, el ingreso promedio por pensión contributiva —de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social— se ubicaba en 7,362 pesos mensuales. En ese periodo, el costo de la canasta alimentaria era considerablemente menor, lo que permitía cubrir varias veces el gasto básico en alimentación.
El alza de alimentos empieza a presionar el gasto
Aunque el índice general de precios al consumidor mantiene un crecimiento moderado —con una inflación anual de 4.59% en marzo de 2026—, los alimentos registraron alzas mucho más marcadas. En algunos casos, los incrementos superan ampliamente ese nivel, lo que confirma que la canasta alimentaria está subiendo por encima de la inflación general.
Entre los productos con mayores aumentos destacan los siguientes:
– Jitomate: +126.3% anual; más de 42% solo en marzo. En mercados de la Ciudad de México, su precio promedio alcanzó los 27.9 pesos por kilo, según Profeco
– Limón: +18.26% en un mes
– Papa: +14.92% en un mes
– Tomate verde: +16.46% mensual
– Pepino: hasta +42.71% mensual
– Bistec de res: +10.2% anual
Además, frutas y verduras registraron incrementos mensuales de hasta 10.75%, lo que explica por qué el gasto en alimentos ha aumentado tanto en zonas urbanas como rurales.
Cuando el ingreso deja de alcanzar
Con ello, la presión dejó de estar en el ingreso y pasó a los precios. El contraste se vuelve más claro al comparar cada periodo en su propio contexto.
En 2020, el ingreso promedio por pensión contributiva fue de 7,362 pesos mensuales, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Con una canasta alimentaria que alcanzó los 1,714 pesos en zonas urbanas y 1,306 en zonas rurales, ese ingreso permitía cubrir más de cuatro canastas urbanas o cerca de cinco rurales.
Para 2025, la pensión promedio bajo el sistema de Afores se ubicó en 5,216 pesos mensuales, según el primer informe de gobierno de Claudia Sheinbaum, mientras que la canasta alimentaria subió a 2,467 pesos en el ámbito urbano y 1,854 en el rural. El ingreso alcanza para alrededor de dos canastas urbanas y poco más de dos rurales.
A diferencia de 2020, ese monto ya no permite cubrir el mismo nivel de necesidades básicas, incluso en zonas donde el costo de vida es menor.
Un ingreso que ya venía limitado
El deterioro en el poder adquisitivo no es un fenómeno aislado. Forma parte de una dinámica más amplia en la que el costo de los alimentos crece a mayor velocidad que los ingresos fijos.
Bajo este escenario, las pensiones —que no están diseñadas para ajustarse de forma inmediata a la inflación— quedan rezagadas frente al encarecimiento del consumo básico. Incluso antes de este repunte en precios, una parte importante de la población pensionada ya enfrentaba limitaciones económicas.
Para 2020, 42.9% de quienes recibían una pensión en México tenía ingresos por debajo de la línea de pobreza, lo que evidencia que contar con este dinero no garantiza cubrir lo mínimo indispensable. Además, solo tres de cada 10 personas mayores acceden a una pensión contributiva, lo que deja a la mayoría dependiendo de apoyos sociales o sin ingresos formales en la vejez.
Reto estructural hacia adelante
Ante este escenario, el sistema enfrenta un desafío de fondo. La combinación de informalidad laboral, salarios bajos y trayectorias intermitentes limita la capacidad de ahorro durante la vida activa, lo que se traduce en pensiones reducidas al momento del retiro.
Con el paso del tiempo, este modelo ha obligado a complementar los ingresos de los adultos mayores con programas sociales, lo que también ha presionado las finanzas públicas.
Hacia adelante, el panorama plantea un doble reto: por un lado, el costo de la vida —especialmente el de los alimentos— podría seguir sujeto a variaciones que impacten directamente el gasto diario; por otro, las nuevas generaciones que se retiren bajo el esquema de Afores podrían enfrentar condiciones similares o más complejas.
El resultado es una tendencia clara: la distancia entre lo que reciben los jubilados y lo que necesitan para vivir continúa ampliándose.
