“La muerte me pasa cerca, me roza y nada”: Héctor Abad Faciolince

“La muerte

A mediados de 2023, Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia, 1958) aceptó la invitación para participar en la Feria del Libro de Ucrania. El viaje lo llevó al epicentro de un conflicto que parece no tener fin y del que casi azarosamente salió vivo, más no ileso, al menos anímicamente.

Este episodio es el que se cuenta en Ahora y en la hora (Alfaguara), una obra testimonial donde el narrador y autor de títulos tan exitosos como El olvido que seremos, se pone contra las cuerdas para hablar de temas tan personales como la culpa, el valor, la cobardía y la muerte.

¿Qué relación tienes con un libro tan personal como Ahora y en la hora?

Es un libro desgraciadamente vivido y ahora contado. Tengo mis días. Ahora que nadie habla de Ucrania y a nadie le importa esa guerra, me doy cuenta de la inutilidad de las palabras. Nada sirve para nada. Las cosas siguen y siguen matando gente, niños, viejos. Igual estoy contento de haberlo escrito, si no lo hubiera hecho habría sido peor. Es muy pretencioso pensar que un libro puede cambiar algo o detener una guerra y más cuando se está tan lejos, en otro país y con una lengua muy distinta. La de Ucrania es una guerra que sólo los poderosos pueden detener.

En tu libro anterior, Salvo mi corazón, todo está bien contaste tu padecimiento del corazón y lo cerca que estuviste de la muerte, en esta nueva obra relatas otra experiencia que te puso al límite de la vida. ¿Has vuelto a nacer?

No me gusta quejarme y no me quejo porque sigo vivo. El escritor colombiano Luis Miguel Rivas tiene un libro de cuentos llamado Los amigos míos se viven muriendo, yo siento que vivo muriendo. La muerte me pasa cerca, me roza y nada. Es raro y bueno. Me siento obligado a contarlo porque eso es lo que hace uno con esas experiencias extremas. Quizá podría dedicarme a otra cosa y ya que estoy vivo, concentrarme en gozar, no sé. Escribo libros porque me quedo sin palabras mientras hablo. Prefiero quedarme callado y cada vez tengo menos palabras para escribir.

¿Has pensado en dejar de escribir?

Cada vez me cuesta más. Cuando era joven, escribir era una cosa deliciosa. Las palabras me brotaban fácilmente y era una alegría jugar con las historias, imaginármelas, gozar con cada página. Últimamente no lo siento así y no estoy muy seguro de que uno deba hacer un trabajo que no disfruta… no lo sé.

En el libro hablas de la culpa como un sentimiento que te sigue.

Lo raro de la culpa, cuando uno no la tiene es que sigue ahí. Yo no tengo la culpa de que hayan matado a Victoria y no a mí. Racionalmente estoy convencido de que no soy culpable.

Pero de alguna manera te sientes culpable…

Me siento culpable, sí. Eso es lo extraño, la culpa de los sobrevivientes.

¿Y cómo aprendes a sobrellevarlo?

Escribo, he ido con psiquiatras, he tomado pastillas, hablo con los amigos y lo sobrellevo más.

Hablas en pasado, ¿ya no vas a terapia ni tomas pastillas?

Digamos que no estoy en una terapia larga. Voy al control con el psiquiatra cada seis meses o cada año. Me cambian pastillas haber si unas me funcionan mejor que otras. Hay días en que estoy bien, pero no debería de hablar de esto en una entrevista.

¿Por qué no?

No se trata de eso. Quejarse es muy feo.

Pero también es la vida.

Sí, pero no sé porque me fui por este camino. En realidad, después de que sobreviví a Ucrania me han pasado cosas muy buenas, cosas que nunca había experimentado. Mi hija tuvo mellizos, mi hijo tuvo un hijo. Por primera vez soy abuelo. Nunca me había casado hasta ahora. Pensé que era mejor no sólo vivir con mi mujer, sino también casarme con ella. Todas estas experiencias de no muerte me han permitido llegar a la vejez y experimentar cosas nuevas y eso está bien.

Algo luminoso es también la amistad y en el libro hablas de su desencuentro y reencuentro con Juan Villoro, por ejemplo.

Sí, hace unos días cené con él. Es una gran cosa ser amigo de una persona como Juan. Las diferencias ideológicas no nos deben apartar de los amigos. Me siento feliz de sobrevivir a una pelea con él, es una persona a quien admiro y siempre resulta saludable conversar con él. No vale la pena pelearse con los amigos, salvo que sea por un problema moral muy grave como un asesinato o violación, pero por una diferencia de tipo de gobierno es de fanáticos y siempre hay que renunciar al fanatismo. El amor, la amistad, la cercanía y la cortesía siempre deben estar por delante y por encima de las diferencias ideológicas. Pero el mundo está muy crispado, solamente funcionan los que hablan duro e insultan. Esto lleva a que se rompan las relaciones directas, cada vez estamos más sumergidos en un mundo virtual donde no comemos, no caminamos, ni bebemos o conversamos juntos. Estamos metidos en redes, peleas y discusiones que no llevan a ninguna parte. Este aislamiento es muy malo para la mente y el espíritu.

En el libro te refieres a la música como un espacio de esperanza…

La belleza de la música, de las palabras, de la poesía, de la naturaleza y la amistad, nos reconcilia con la vida, a pesar de los estados mentales negativos. Si planeo o recuerdo lo que más me gusta, recupero toda la esperanza y las ganas de seguir viviendo.

¿En particular qué música te reconcilia con la vida?

La música que más me gusta es la llamada clásica. Hay muchos compositores, tal vez lo de todo el mundo, Brahms, Beethoven, Bach, Stravinsky, Mahler, Paganini, Vivaldi, dependiendo de mi estado de ánimo escojo algo y me va lavando hasta que salgo contento.

¿En este momento a quién podría?

Una sinfonía de Mendelssohn, porque junta belleza, alegría, esperanza. Y lo que más necesito es optimismo y esperanza.

¿Y la lectura?

La lectura es maravillosa, Montesquieu decía que nunca ni una pena no se había disuelto después de una hora de lectura, a mí me pasa. La lectura me sana.

¿Cuál fue el último libro que te sanó?

Una novela japonesa que se llama Kokoro, de Natsume Soseki. Es la historia de una amistad que termina trágicamente porque dos amigos se enamoran de la misma persona. La descripción de la amistad y tragedia me gustó mucho.

¿Escribir sana?

Escribir enferma más, pero haber escrito sana… escribir es horrible.

¿Entonces por qué lo haces?

Porque es lo único que medio sé hacer, no sirvo para nada más.