“En el sector cultural hay una tendencia a sobrestimar la intervención del Estado”: Eduardo Cruz Vázquez
Según los datos más recientes de la Cuenta Satélite de Cultura, este sector aporta 2.8 por ciento al Productor Interno Bruto y genera 3.4% de los empleos a nivel nacional. Dado el potencial y la riqueza del país, las cifras podrían ser mayores, el problema en México el ramo cultural no suele analizarse ni gestionarse desde una perspectiva económica.
Con la finalidad de proponer una visión que empate ambas visiones, en 2009, Eduardo Cruz Vázquez creó junto con periodistas, académicos y artistas el Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (GRECU), mismo que recién publica Sucesos culturales. 1988-2024, un título colectivo y coordinado por el propio Cruz Vázquez, que analiza el desarrollo de un campo que parece estar estancado y precarizado.
Hacía falta un libro que aportara una visión panorámica de la relación entre la economía y la cultura en México durante de los últimos años. ¿Esta fue la motivación que los llevó a publicarlo?
La primera motivación fue atenernos a la trayectoria, trabajo e intereses que han movido a nuestro Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura desde su fundación en 2009. Nacimos como un grupo de amigos cuyo objetivo es discutir, platicar y elucubrar alrededor de las relaciones entre economía y cultura. Me he esmerado en comprender y construir la historia del sector cultural a partir de su comportamiento en la economía y no desde el punto de vista académico o histórico. Una vez que terminó el sexenio de López Obrador me pareció interesante hacer una revisión de lo que ha sucedido durante las últimas seis administraciones presidenciales en este sentido.
¿De qué manera la relación entre economía y cultura ha reflejado la realidad del país?
El libro cubre tres grandes momentos. Primero, la herencia y llegada del Salinato incluyendo el neoliberalismo. Luego atravesamos la alternancia en la Ciudad de México en 1997, que es cuando gana Cuauhtémoc Cárdenas la jefatura de gobierno y por supuesto, la elección presidencial que gana Vicente Fox. Y finalmente, damos el paso a la caída del duopolio partidista PRI-PAN que culmina en la llegada de López Obrador y la Cuarta Transformación. El libro transita por un periodo importante del desarrollo cultural de México y por algunos sucesos importantes para entender dónde estamos parados.
¿Y dónde estamos parados?
En un momento de revisionismo. La presencia de López Obrador generó una oleada y para bien, de una revisión de lo que había sido el proceso del país pero que curiosamente no tocaba a la cultura, pese a que se hizo en materia educativa, energética o económica. Ni Alejandra Frausto ni Claudia Curiel proponen una relectura del pasado. Frausto zanjó el pasado al decir lo anterior se acabó, cuando la realidad es que están sentados y trabajando sobre lo que se hizo antes. Las grandes líneas de preocupación y trabajo de la política cultural han estado presentes casi de manera inalterable a lo largo de los últimos 36 años. La 4T le ha dado su toque a partir de las ideas del régimen, pero en realidad simplemente ha abrevado para seguir trabajando alrededor de los desafíos de la intervención del Estado en los bienes y servicios culturales. No en vano una de las banderas del sexenio pasado fue el tema patrimonial y ahora vemos a la secretaria Curiel, inaugurando o reinaugurando gasto en infraestructura, readecuaciones o reutilización. Ahora se habla de una Universidad de las Artes, pero se olvida que cuando se creó el Cenart se planteó la necesidad de una universidad de este tipo, por eso revisamos todo lo que se hizo durante el sexenio de Fox en materia de educación artística. En cuanto al mercado, seguimos parados sobre un universo de empresas culturales que históricamente no han recibido una política económica. El mercado ha sido el motor del sector cultural como lo demuestra la Cuenta Satélite de Cultura. Finalmente, está la sociedad civil que es un ámbito que no crece ni se desarrolla. El músculo filantrópico del país sigue siendo muy frágil.

Un ejemplo de este debate sobre la intervención del Estado lo vemos en el cine.
Históricamente ha habido una intervención del Estado en la industria cinematográfica, pero siempre ha existido el componente central de la relación con Estados Unidos. La época de oro del cine mexicano se da cuando la industria estadounidense está a la baja. La presión de los norteamericanos en este medio es tan brutal como la que se da en los campos energético, automotriz o tecnológico. El cine mexicano está condenado ha tener una estrechez de distribución por la presión de las grandes empresas estadounidenses.
¿Cuáles son los grandes avances que se han dado dentro del sector cultural?
A partir de mi enfoque que es el económico, te puedo decir que no hemos logrado convencer a las autoridades y mucho menos a los particulares de que necesitamos una visión de política económica más que de política cultural. El mercado sigue siendo el pilar de la vida cultural del país porque es el que da más empleo y aporta dinero e intereses, mientras que el músculo filantrópico y el del presupuesto se han venido a pique. Acaso podemos celebrar la preocupación de Claudia Curiel por dignificar una educación artística que recibió maltrecha. Pero no hay ley, programa, medida o liderazgo que nos haga sentir que se aprendió la lección de los malos gobiernos.
¿Por qué cuesta trabajo poner a dialogar la gestión cultural con la economía?
Hay una altísima falta de conciencia cultural. El libro aspira a responder qué sector cultural hemos construido y si estamos satisfechos con los resultados.
¿Y qué te respondes?
No podemos estar satisfechos, ni podemos echarle solo la culpa al Estado. El sector cultural está precarizado y con una actividad de mercado muy limitada. Hay una tendencia a sobrestimar la intervención del Estado. La carga simbólica y en eso el gobierno de la 4T es muy parecido a cualquier gobierno del PRI o el PAN, que se le da a la cultura es excesiva y minimiza no solo su contribución a la economía y la necesidad de contar con una política económica, sino que anula toda la posibilidad de una conciencia sectorial como la hay en los sectores energéticos o agropecuarios. Mientras esa reforma cultural no llegue nuestro sector cultural será incapaz de generar las suficientes oportunidades de trabajo. Podemos estar llenos de artesanos que son una genialidad, pero seguirán siendo una masa empobrecida. El papel del Estado es animar políticas económicas para el sector cultural y no el nacionalismo revolucionario que ya apoyó el PRI y el PAN.
