‘Agua y vida en la cuenca de México: siglos XV-XXI’ se presentó en la 37.ª FILAH
Las grandes corrientes de agua contribuyeron a que hubiera civilizaciones como el antiguo Egipto, Mesopotamia o China. “Pero, así como el agua es proveedora de vida, también causa problemas”, aseguró el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma durante la presentación del libro: Agua y vida en la cuenca de México: siglos XV-XXI (El Colegio Nacional, 2026), que coordinó su colega Leonardo López Luján.
El volumen, que ambos miembros de El Colegio Nacional dieron a conocer durante la 37.ª Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, deriva de algunas de las conferencias del IX Encuentro Libertad por el Saber, titulado “Agua y vida”, que esta institución organizó en 2024.
En aquel encuentro, Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján coordinaron y participaron en la mesa “Agua y vida en el México prehispánico y virreinal”, que contó con la participación de Carlos E. Córdova, investigador de Oklahoma State University, y de Teresa Rojas Rabiela, académica del CIESAS.
Así, desde la arqueología, la geografía y la historia, el libro Agua y vida en la cuenca de México: siglos XV-XXI reflexiona sobre los desafíos hídricos que los asentamientos humanos de la cuenca de México han enfrentado desde la antigüedad hasta nuestros días.
“En este libro encontramos dos problemáticas que ocurrieron en el mundo prehispánico. Comienzo con la que me corresponde: cómo se abastecían de agua en Tenochtitlan, pero vamos a ver las desgracias que, en ocasiones, trajo” el líquido vital, inició Matos Moctezuma.

Dijo que los mexicas, cuando estaban sujetos a los tepanecas de Azcapotzalco, durante el reinado del huey tlatoani Chimalpopoca, Escudo Humeante, solicitaron a los azcapotzalcas que les permitieran construir un canal que viniera desde Chapultepec hasta Tenochtitlan para tener agua pura. Éste, en un principio, era de barro y estuco; sin embargo, tras la formación de la Triple Alianza, durante el mandato de Moctezuma I —de 1440 a 1469—, se edificó un acueducto “en forma”.
El arqueólogo explicó que la construcción de aquel acueducto se le atribuye a Nezahualcóyotl, señor de Texcoco. Para demostrarlo, Matos Moctezuma dio lectura a la referencia donde está aquella información, que es el Códice de Chimalpopoca:
“En el mismo año 12 Cali (1465), se construyó por primera vez la obra pública en Tenochtitlan, México. Se empezó a hacer el acueducto de Chapultepec que entra en Tenochtitlan —que reinaba Motecuzoma I, El viejo—, y quien ayudó a la obra del acueducto fue Nezahualcóyotzin, rey de Texcoco.
En este año —o sea, el 13 Tochtli, acotó el colegiado—, fue Nezahualcóyotzin a dirigir el agua que por primera vez entró en Tenochtitlan. Desde su nacimiento la vinieron acelerando los tepelahuacas y sacándose sangre en sacrificio delante del agua. Por este tiempo únicamente de Chapultepec se sacaba el agua”.
Posterior a la lectura, el arqueólogo destacó la importancia de los manantiales. Contó que los mexicas primero se establecieron en Chapultepec, pero los corrieron, “se pelearon y se fueron a fundar Tenochtitlan”. Una vez instalados, libres y con la provisión de agua, el imperio comenzó a prosperar.
Dijo que dos canales paralelos eran los encargados de proveer de agua dulce a la ciudad. “Según las fuentes españolas, un canal estaba en uso y, cuando había que limpiarlo, entonces lo tapaban y corría el agua por el otro”, abundó.
El imperio empezó a expandirse. Cuando el huey tlatoani Ahuízotl asumió el poder, se preocupó de que su ciudad tuviera agua en abundancia; entonces aprovechó los manantiales de Coyoacán y Churubusco. Uno de los señores de aquellos reinos se opuso y, como resultado, “apareció muerto”.
Con la vía libre, Ahuízotl pidió a los mejores albañiles la construcción del acueducto y, cuando estuvo listo, organizó un gran festejo para recibir el agua en Tenochtitlan. Pero “fue tanta la afluencia de agua, que se inundó la ciudad a tal grado que se inundaron las casas, las cementeras… aquello era un problema tremendo y Ahuízotl ya no sabía qué hacer. Una versión dice que fue tanto el anegamiento que, al querer salir de su palacio, corriendo, [el huey tlatoani] se dio un calabazazo contra un dintel y de eso murió”.
El arqueólogo ofreció otra perspectiva de la importancia del agua. Dijo que cuando Hernán Cortés, sus soldados y sus aliados indígenas entraron a Tenochtitlan, lo primero que hizo el capitán para conquistar la ciudad fue destruir los acueductos desde Chapultepec para cortar el suministro hídrico. Con esta acción de asedio, se vio la importancia del agua en la ciudad mexica. “Esos fueron algunos de los causales que hicieron que la ciudad cayera”.
De la inundación a la sequía
Leonardo López Luján, actual presidente en turno de El Colegio Nacional, escribe en el segundo capítulo del libro, desde múltiples disciplinas, sobre el impacto de la gran sequía de 1454 en los pobladores del México antiguo y sus intentos por mitigarlo.
“El agua pluvial solo era bienvenida en la cantidad precisa y en el momento justo”, dijo el colegiado. Añadió que, cuando esto no sucedía, había grandes desgracias. Por esta razón, uno de los cultos principales era el dedicado al dios Tláloc, al que se le rendía culto en el Templo Mayor.
El arqueólogo contó que, en 1980, por instrucciones de Matos Moctezuma, excavó la ofrenda 48 localizada en la esquina noroeste de aquel centro ceremonial. “Nos dimos cuenta de que los sacerdotes construyeron una caja de piedra […]. Habían depositado [en ella] arena marina y muchos cuerpos de infantes y, sobre ellos, colocaron una enorme cantidad de jarras decoradas con el rostro de Tlaloc”.
Eran un mínimo de 42 niños sacrificados, de entre dos y siete años. La mitad, dijo, presentaban señales de desnutrición. Así lo revelaron los análisis de antropología física. Además, explicó, la arqueóloga Diana Moreiras realizó análisis de isótopos de oxígeno y fosfato. Gracias a estos estudios se determinó que estos infantes no eran de la cuenca de México, sino del occidente y el sur del país.

“Lo extraño es que encontramos 42 individuos, y las fuentes históricas mencionan que en esas ceremonias se sacrificaba a una parejita. ¿Qué es lo que sucede? Que este es un evento único: la ofrenda 48 se encuentra en la fecha Uno Conejo, que corresponde —según las fuentes históricas— a una tremenda sequía”.
Aquella sequía provocó “una tremenda mortandad”. Las personas morían en el campo y sus cadáveres eran el alimento de fieras “como lobos, coyotes y aves rapaces”. El huey tlatoani Moctezuma I dio alimento y abrigo a la población, pero, eventualmente, los víveres se agotaron.
“Muchos padres vendieron a sus hijos como esclavos en los lugares donde había cosechas abundantes, por ejemplo, en la Huasteca”. Pero, cuando terminó aquella tragedia, “por allá de 1455”, regresaron a comprar nuevamente a sus hijos.
“Esta es una historia más que cuenta este libro. Nosotros los científicos, a través de todo tipo de estudios, podemos reconstruir estas grandes tragedias del pasado, pero también la historia nos sirve para no repetir los errores que se cometieron. Siempre mirar hacia el pasado es la mejor guía para nuestra acción en el presente”, finalizó el arqueólogo, al tiempo que una fuerte lluvia caía sobre el Museo Nacional de Antropología e Historia.
