“A nivel global hemos aumentado nuestro umbral de tolerancia a niveles críticos”: Enrique Díaz Álvarez

“A nivel global

Desde hace varios años, Enrique Díaz Álvarez (Ciudad de México, 1976), se ha ocupado de estudiar y analizar la forma en que nos relacionamos con la violencia en todas sus formas. Por medio de títulos como El traslado y La palabra que aparece, por el que ganó el Premio Anagrama de Ensayo, se ha ocupado de invitarnos a ir más allá de la nota roja y las cifras oficiales.

En esta línea publica ahora, Lo intolerable (Anagrama), un ensayo breve que cuestiona la pasividad y normalización con que nos relacionamos ante hechos como el genocidio en Gaza o la persecución de migrantes en Estados Unidos.

El académico plantea que es necesario regresar a la noción de responsabilidad colectiva, atribuida a Hannah Arendt, para tomar una posición más proactiva y crítica que contrarreste el auge de regímenes totalitarios.

Uno lee Lo intolerable y entiende que como sociedad hemos alcanzado unos extremos de permisibilidad extremos, ¿no?

El libro surge a partir de mi preocupación por lo que pasa en México, pero sin alejarme de lo que sucede en el mundo. Me gusta el ensayo porque es un género que nos permitir vincular nuestra experiencia con la de los otros. En una época donde todo parece separarnos, prefiero pensar en cómo rebasar las fronteras que nos imponen.

La normalización ante la tragedia atraviesa a la política pública implementada por los gobiernos, pero también tiene que ver con la forma en la que consumimos lo que sucede.

Eso es lo que me preocupa. No solo perturba la espectacularidad de la crueldad con que los grupos criminales perpetran sus crímenes, también la forma en que nosotros nos anestesiamos y aclimatamos a una brutalidad que nos lleva a la indolencia. En el libro intento, a partir de una reflexión sobre el genocidio en Gaza y sobre la persecución del ICE en Estados Unidos, pensar en cómo hacer frente ante la exhibición de la crueldad sin caer en la parálisis.

Tu reflexión se sostiene en Michel Foucault, María Zambrano y John Berger, ¿por qué te enfocaste en ellos?

El ensayo es el género de los lectores y uno dialoga con los que están lejos o muertos. Yo intento compartir autores que me han echado algo de luz y que me permiten sentir algo de esperanza en nuestro presente. De Foucault recupero lo que hizo con su grupo de investigación sobre las prisiones. Foucault tiene una premisa aparentemente sencilla: el poder es aquello que reprime. Si queremos conocer las verdaderas caras del poder, hay que poner atención a lo pasa en las prisiones porque ahí es donde el poder se muestra sin máscaras. Quise actualizar esa idea y sugiero pensar en la necesidad de indagar en los centros de detención de migrantes que funcionan como una prisión. Necesitamos saber los testimonios, cómo duermen, qué comen. Hay 18 mexicanos que han muerto en condiciones opacas. Tenemos derecho y necesidad de saber qué pasa.

¿María Zambrano y Berger?

El libro nace de mi impotencia y la incomodad física y corporal que me daba ver cómo se detenía a un niño ecuatoriano de cinco años. En una época en la que se persiguen migrantes tenemos que voltear a ver autoras como María Zambrano o Hannah Arendt. Necesitamos sentir la repulsión y vergüenza colectiva por lo que los gobiernos hacen a nuestro nombre. John Berger me interesa porque hizo el ejercicio de acompañar durante mucho tiempo a migrantes, él como europeo del norte se sentía responsable porque su calidad de vida dependía de la explotación de migrantes del sur.

Hablas de la necesitad de saber cómo viven los migrantes, pero ¿cómo separar esta necesidad de la que hablas de lo que se conoce como pornomiseria?

Eso es clave, soy crítico con la espectacularización de la crueldad y la pornomiseria. Por eso defiendo la importancia de acercarnos a testimonios que dan ellos mismos. Ni siquiera estoy de acuerdo con esa visión paternalista de darles voz, se trata de prestar atención a lo que ellos mismos nos hacen ver. Todavía creo en la posibilidad que tiene una historia bien contada para conmovernos y fomentar el pensamiento crítico, y más en una época en la que se cultiva el ruido, la violencia y la desinformación. La palabra es un campo de batalla, es importante contar historias que confronten las narrativas hegemónicas, por eso creo en el periodismo de investigación y en escritores que hacen historias a fuego lento y se alejan del reel y la información poco verificada.

Aunque de pronto parece que vamos en sentido contrario, porque en el día a día consumimos lo inmediato. ¿Cómo recuperar la perspectiva crítica?

Cuando nos invaden imágenes sin contexto, sesgadas y que espectacularizan estos hechos, se favorece a los discursos antiinmigrantes. Por eso mismo necesitamos las historias contrastadas, de ahí la importancia del periodismo verificador pese a que está en crisis. Necesitamos de las historias concretas y reales.

¿Qué es lo intolerable para ti?

Para mí, la brutalidad y el abuso de poder, esta crueldad que se jacta y somete a personas y grupos vulnerables. La tolerancia como principio político ya no es suficiente, en la época de Voltaire era una forma de lucha contra el fanatismo religioso, pero hoy día ya no nos ayuda a confrontar a estos fanáticos y se asemeja más al soportarlo o dejarlo pasar. En el libro hablo de una ética de lo intolerable que tiene que ver con reconocer aquello que no podemos tragarnos sin hacer daño a nuestro propio cuerpo social.

Más allá de la literatura, ¿tienes algún referente social donde se aplique esta ética?

Sigo apelando a la lectura, al pensamiento crítico a la defensa de instituciones como la universidad pública. No es casual que Milei cerque o asfixie a la universidad pública, saben que es ahí donde se cultiva la reflexión. Creo en la necesidad de intentar confrontar las pasiones tristes que mueven a la derecha, ellos son expertos en movilizar el odio, el miedo, la nostalgia y la desconfianza. Y creo que, desde una perspectiva crítica, democrática y de izquierda, tenemos que confrontar no solo con buenas razones y principios, sino con afectos comunes. Se nos olvida, por ejemplo, que la fraternidad además del tercer principio político de la revolución francesa era un afecto revolucionario.

¿Cómo percibes a la sociedad mexicana en este sentido?

No es un problema exclusivamente nuestro. A nivel global hemos aumentado nuestro umbral de tolerancia a niveles críticos. Hablo más de lo intolerable que de la intolerancia porque nos permite ubicar aquellas cosas ante las que no podemos pasar de largo o seguir soportando. A veces se olvida que con los migrantes experimentan tecnologías de vigilancia o formas de sometimiento. Las cárceles de Bukele ya son replicadas en otros lados y eso nos tendría que poner en alerta para evitar derivas totalitarias.

¿Qué tan responsables somos como sociedad de tomar estas perspectivas críticas?

Justo eso es de lo que más preocupa, por eso retomo una noción de Hannah Arendt de finales de los sesenta, me refiero a la responsabilidad colectiva, muy oportuna para momentos complejos y oscuros como el presente. Uno no es necesariamente culpable, porque no hace las cosas personalmente, pero sí es responsable de lo que hace la comunidad a la que pertenece. No podemos desligarnos de lo que hacen nuestros gobiernos en nuestro nombre, es decir, uno puede sentir vergüenza ante los sinvergüenzas que nos gobiernan. Uno puede decir no se maltrata a los migrantes ni se les encarcela con sus impuestos. Sentir vergüenza es prima hermana de la responsabilidad colectiva, puede ser la chispa que nos lleva actuar. Y no me parece algo iluso, de las cosas esperanzadoras que hemos visto fue cuando en invierno la gente de Mineápolis salió a defender a sus migrantes.