Un PIB estancado: por qué México no crece

Un PIB estancado

La promesa era que México aprovecharía su cercanía con Estados Unidos y la reorganización del comercio global para dar el salto económico que se le había escapado durante décadas. Pero, en lugar de acelerar, el país está perdiendo algo más que velocidad: capacidad de crecimiento. La economía mexicana se mueve entre pronósticos recortados, inversión débil y productividad estancada. Y mientras el mundo estrena nuevos motores de expansión, México sigue empeñado en crecer a “fuerza bruta”.

El gobierno federal mantiene entre sus objetivos colocar a México entre las 10 mayores economías del mundo. Pero los datos recientes apuntan en otra dirección. Aunque la Secretaría de Hacienda mantuvo en abril una previsión de crecimiento del 1.8 al 2.8% para 2026, el FMI estimó 1.6%, el Banco Mundial, el 1.3%, la OCDE, el 0.8%, y el Banco de México recortó su pronóstico puntual a 1.1%, con un intervalo del 0.5 al 1.7%. Todos por debajo del límite inferior de la dependencia. Y no solo eso, todos por debajo del crecimiento al que México se había acostumbrado en las primeras dos décadas del siglo XXI.

Además, el último dato real disponible del PIB fue todavía más débil, con una caída trimestral del 0.6% en el primer trimestre de 2026 y un avance anual marginal del 0.4%. Esta combinación sugiere que el centro de gravedad de las proyecciones se desplazó hacia un rango entre el 1 y el 1.3%, no hacia el punto medio del escenario de Hacienda.

La discusión entre los economistas no es si México crece poco, en eso hay consenso. La diferencia está en si la desaceleración actual es un episodio cíclico, provocado, principalmente, por la incertidumbre alrededor del T-MEC, o si la economía ya entró en una etapa de menor crecimiento potencial.

En los últimos seis años, México ha crecido a un ritmo cercano al 1% anual, por debajo del promedio del 1.9% observado entre 2000 y 2018, una tasa que varios analistas toman como referencia del crecimiento de largo plazo del país. Y si se cumplen las previsiones más bajas para 2026 y 2027, México acumularía cuatro años consecutivos creciendo por debajo del 2%, considerado por parte del mercado como su PIB potencial.

¿Crecer sin invertir?

Paulina Anciola, subdirectora de Estudios Económicos de Banamex, señala que México lleva ya tres años creciendo por debajo del promedio histórico, y advierte que el problema de fondo es que el crecimiento reciente se ha sostenido más en el consumo que en la inversión o en la productividad. “No puedes regresar a crecimientos potenciales más altos si no estás invirtiendo en el país”, dice.

De hecho, la inversión total en México representa el 22.9% del PIB, todavía lejos de romper de forma sostenida la barrera del 25%, un nivel que el país no supera de manera persistente desde 1981. Además, la inversión fija bruta acumulaba hasta marzo 19 meses en contracción anual, con debilidad en maquinaria, equipo y construcción, los componentes que más inciden en la ampliación de la capacidad productiva y el crecimiento de largo plazo. Abril, sin embargo, marcó un cambio de ritmo.

Gabriela Soni, líder de Estrategia de Inversión para UBS en México, considera que esa es la señal más preocupante. “El principal desafío que estamos viendo en México no es un tema de estabilidad macroeconómica, sino que esta baja inversión termina condicionando el crecimiento”.

La especialista distingue entre el buen desempeño de la inversión extranjera directa (IED) y la debilidad de la inversión productiva dentro del país. La IED se mantiene en niveles elevados, pero ha perdido fuerza frente a sus máximos recientes, de hecho, con cifras revisadas de Banxico, pasó de 27,216 millones de dólares en el primer trimestre de 2024 a 24,413 mdd en igual periodo de 2025 y a 23,591 mdd en 2026, este último, como dato preliminar. Bajo esa serie, el dato de este año implica una caída anual del 3.4% y, si no es revisado al alza en los próximos reportes, sería el menor flujo para un inicio de año desde 2022. Además, sigue concentrado en reinversión de utilidades, mientras que las nuevas inversiones son limitadas.

“La inversión fija bruta es la que más nos interesa, la realmente importante, porque incorpora compra de maquinaria, equipo y construcción”, agrega Soni. “Esa es la que tiene una relación más directa con el PIB y la que tenemos que ver que recupere su dinamismo”.

La debilidad de la inversión se combina con otro problema de largo plazo: la baja productividad. Según la medición de Productividad Total de los Factores –que estima si la economía avanza por usar mejor el capital, el trabajo, la energía, los materiales y los servicios–, México registró entre 1991 y 2024 una contribución negativa promedio del 0.51% anual, de acuerdo con cálculos de Gerardo Leyva, exdirector del Área de Investigación del INEGI.

El dato implica que el país ha crecido principalmente por acumulación de factores, como más trabajadores, más capital o más insumos, pero no por una mejora sostenida en la eficiencia con la que combina sus recursos productivos. En 2024, la Productividad Total de los Factores retrocedió 0.35%. Al realizar un corte entre 2018 y 2024, su contribución promedio fue prácticamente nula, de apenas el 0.01% anual. Estos datos denotan un fenómeno de crecimiento por “fuerza bruta”, a raíz de la falta de innovación en los procesos y un uso más eficiente de los recursos.

Para Anciola, esa es la mayor preocupación. “La productividad es, si no el principal, por lo menos sí de los principales problemas que tiene México, porque de aquí parte todo”, afirma. “No acompañada de inversión pública y privada es uno de los principales focos rojos que tendría que atender México para regresar a una senda de crecimiento más alta y sostenible”.

La economista advierte que México corre el riesgo de entrar en un círculo de baja inversión, baja productividad y menor capacidad de crecimiento. Los aumentos salariales pueden mejorar el ingreso de los hogares, pero si no están respaldados por mejoras productivas, elevan los costos de operación y reducen el margen para crecer sin presiones inflacionarias.

Alejandro Saldaña, economista en jefe de Grupo Financiero Ve por Más, coincide en que varios años de baja inversión ya parecen reducir el techo de expansión. A su juicio, el problema se refleja en rezagos de infraestructura energética y logística que limitan la producción industrial y el comercio. Añade que las inversiones que ayuden a subsanar esos cuellos de botella podrían redirigir al país hacia una senda de mayor crecimiento, pero también se requiere fortalecer el Estado de derecho, la seguridad pública, la educación y la salud para contar con una fuerza laboral más robusta.

Durante la presentación de un reporte de previsiones económicas en abril, expertos de Banco Base describieron este entorno como una “trampa de estancamiento”, marcada por menor inversión, caída de la productividad, mayor informalidad y debilitamiento institucional. El banco señala que, bajo este contexto, el crecimiento potencial de México se habría reducido a alrededor del 1.4%, lo que limita la capacidad de expansión sin generar más inflación y eleva el riesgo de estanflación, un estado de bajo crecimiento acompañado de inflación persistente.

La inversión pública tampoco compensa la debilidad privada. El gasto público en inversión física se desplomó 44.9% real en el primer bimestre de 2026, de acuerdo con el INEGI, y la consolidación fiscal limita el espacio del gobierno para impulsar infraestructura, mientras la inversión privada espera señales más claras sobre el entorno comercial e institucional.

El poco dinamismo de una economía tiene sus repercusiones al recaudar impuestos. Tan solo en el primer trimestre del año, marcado por una contracción trimestral, la llegada de ingresos tributarios disminuyó 0.6% a tasa anual, y estuvo 1.6% por debajo de lo proyectado en la Ley de Ingresos de la Federación.

De acuerdo con Hacienda, un punto porcentual adicional de crecimiento en 2027 elevaría la recaudación en 65,700 millones de pesos. Pero el efecto también opera en sentido contrario, si la economía crece menos de lo previsto por la dependencia, los ingresos públicos podrían resentir una pérdida similar.

“No crecer económicamente se vuelve un círculo vicioso porque tus ingresos por impuestos se estancan, lo que a su vez presiona al gasto, y terminas gastando menos en proyectos de inversión, los cuales son los que impulsan mayormente a la economía y representan beneficios para la población”, explica Christopher Cernichiaro, profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Xochimilco.

Subirse a tiempo al cambio tecnológico

La mayoría de los economistas consultados identifica la incertidumbre alrededor de la revisión del T-MEC como una de las principales razones detrás de la pausa de la inversión. La diferencia está en el alcance del daño. Para algunos, la espera ya afecta el crecimiento potencial; para otros, todavía se trata de un freno cíclico que podría revertirse si el acuerdo mantiene a México en una posición favorable frente a Estados Unidos.

Gerónimo Ugarte Bedwell, economista en jefe de Valmex, considera que la incertidumbre comercial ya incide en la capacidad productiva futura. “El hecho de estar esperando la revisión del T-MEC no solo afecta el crecimiento de corto plazo, sino que, efectivamente, el crecimiento potencial en el mediano y largo puede verse afectado”, sostiene.

México sigue considerado por muchas empresas como una plataforma manufacturera para Norteamérica, con Estados Unidos como principal mercado objetivo. Esa posición explica parte de los flujos de relocalización y del interés por el país. Pero la velocidad y la magnitud de nuevas inversiones dependen de la certidumbre sobre las reglas comerciales. “Si seguimos teniendo incertidumbre sobre lo que va a pasar en el T-MEC, muchas decisiones de inversión van a seguir postergándose”, advierte Ugarte.

El riesgo, agrega, es que México se integre lentamente a los segmentos de mayor valor agregado que están redefiniendo la industria global, como vehículos eléctricos, automatización, IA, software automotriz, baterías, almacenamiento energético, semiconductores y electrónica avanzada. “El país puede seguir creciendo, pero a tasas estructuralmente más bajas de las que podría alcanzar con una integración más fuerte”, asegura.

Pese a la visión del resto de los especialistas, Elijah Oliveros-Rosen, economista principal para Mercados Emergentes de S&P Global Ratings, tiene una lectura menos pesimista. Reconoce que la economía atraviesa una desaceleración clara y que la inversión fija privada se contrajo en 2024 y 2025, con un despegue débil en 2026. Pero considera que todavía no hay señales suficientes para afirmar que el crecimiento potencial de México se redujo de manera permanente.

“Cíclicamente, claramente estamos en una desaceleración económica”, afirma. “Nosotros atribuimos, en gran parte, la incertidumbre en torno a la renegociación del T-MEC. Creemos que esto ha generado por lo menos una pausa en la decisión de las inversiones de largo plazo y eso se ve reflejado en esta desaceleración cíclica”.

Para el economista, el crecimiento potencial de México sigue ligeramente arriba del 2% y su argumento se basa en que, aun después de la revisión del tratado, la posición comercial del país frente a Estados Unidos debería mantenerse favorable en comparación con el resto del mundo. “Pase lo que pase con la negociación del T-MEC, creemos que la posición de México en temas arancelarios con Estados Unidos frente al resto del mundo va a seguir siendo favorable”, afirma.

Esa ventaja ya se observa en nuevos motores de exportación. Las ventas mexicanas relacionadas con centros de datos y tecnología hacia Estados Unidos alcanzaron cerca de 130,000 mdd y superaron a las exportaciones automotrices el año pasado. La demanda asociada a IA, infraestructura digital y centros de datos abre una nueva oportunidad para México. Pero tiene límites y el experto estima que cerca de la mitad del valor agregado de esas exportaciones tecnológicas se captura en México y la otra mitad, en países asiáticos, especialmente, Taiwán.

Soni coincide en que México ya se beneficia de la inversión en IA en Estados Unidos, pero advierte que muchas exportaciones tecnológicas dejan una derrama menor que sectores más integrados verticalmente, como el automotriz.

El reto, entonces, no es solo exportar más, sino capturar más valor dentro del país. Eso exige proveedores locales, talento especializado, infraestructura energética, agua, logística, innovación y certidumbre jurídica. Anciola señala que México ya intenta diversificar sus exportaciones más allá del sector automotriz, con mayor presencia en centros de datos, farmacéutica y nuevas cadenas de valor, pero advierte que la falta de agua, electricidad, carreteras y puertos puede impedir aprovechar plenamente esa oportunidad.

Los enemigos en casa

Sin olvidar el T-MEC, Soni identifica factores internos que inhiben la inversión, como la incertidumbre jurídica, la calidad institucional, el Estado de derecho, la seguridad, la relación con la autoridad fiscal y mayores costos laborales.

UBS ha advertido que la reforma judicial y el debilitamiento de los órganos reguladores autónomos elevaron las preocupaciones sobre la predictibilidad institucional, particularmente, en áreas como el Estado de derecho y la efectividad gubernamental. Para las empresas, la pausa de la inversión no depende solo de aranceles o reglas de origen, sino también de la confianza en que las reglas internas se mantendrán estables durante la vida de un proyecto.

En ese punto se cruzan los dos diagnósticos principales de los economistas, sin ser del todo excluyentes. Si el T-MEC se resuelve de manera favorable, parte de la inversión podría destrabarse. Pero si México no corrige sus rezagos de productividad, infraestructura, seguridad, educación, salud y certeza jurídica, la oportunidad del nearshoring puede quedarse por debajo de su potencial.

La buena noticia que resaltan los economistas es que México no parte de cero y mantiene una integración profunda con Estados Unidos, una base exportadora consolidada y una posición comercial difícil de igualar. Pero esas ventajas no bastan para entrar al top 10 de las economías globales si el país crece cerca del 1% anual, invierte por debajo de sus necesidades y produce con una eficiencia estancada, sin innovación y sin transferencia tecnológica.

Cálculos del IMCO hacen ver la meta gubernamental como una cuesta cada vez más empinada. Aun tomando el punto medio de las previsiones optimistas de Hacienda para 2026 y 2027, México tendría que crecer 6.9% acumulado en los últimos tres años del sexenio para aspirar a colocarse entre las mayores economías del mundo en 2030. Y tendría que hacerlo sin margen de error, justo cuando el país empieza a mirar casi con nostalgia un crecimiento sostenido del 2% anual.