‘Somos misterio’, la nueva novela de Lorea Canales cuestiona el sentido de la fe
En Queens, NY, 2013, la Hermana Clara despierta con la sensación de que la muerte está cerca. Ella, a punto de cumplir cincuenta años con las Hermanas del Espíritu Santo, emprende una reflexión sobre su vida, su tiempo como misionera en Ghana, como educadora en una escuela en Philadelphia y su función como cocinera del pequeño convento. Un accidente en la cocina sacude su rutina y la obliga a cambiar de ritmo. Ahí empieza una nueva aventura que la llevará a cuestionar su fe.
“La idea de Dios es algo muy personal”, reconoce Lorea Canales, autora de Somos misterio (Dharma Books), una novela que nos invita pensar en la fe y la importancia de las religiones en un mundo como este.
Empezaste a escribir Somos misterio en 2013, ¿po qué te tomó tanto tiempo publicarla?
Fue una novela realmente difícil. Me metí en muchas encrucijadas con un personaje y un tema muy complejos. Hice una investigación muy profunda, tengo un librero lleno de lecturas sobre este tema.
¿Por qué te interesaba explorar la vida religiosa y los conflictos de la fe?
Por la idea de querer ser una mujer virtuosa. Muchas mujeres han sido retratadas por la literatura contemporánea, pero la mayoría tienen muchos problemas, traumas, son mujeres que lidian con temas difíciles como el abuso. Entonces yo, como mujer y mamá, quería un personaje sin tanto sufrimiento y que no fuera sometida a toda la violencia. Quería hablar de mujeres a las que he visto en mí vida y que considero virtuosas, mujeres que se levantan, hacen la cama, lavan la ropa, cocinan y dan cuidados, pese a que estos cuidados son invisibilizados; al mismo tiempo quería sacar a la mujer del contexto romántico de la maternidad. Crecí en un ambiente laico, pero muy rodeada de una religión ortodoxa muy fuerte, una religión que controlaba a las mujeres, yo quería sacar la religión de ese contexto.
¿Crees que todavía se romantiza la maternidad?
La maternidad es un tema inagotable por el simple hecho de que todos nacimos de una madre. Nos falta valorarla más, de modo que me parece bien que se visibilice.
Mencionaste el tema de los cuidados, Ursula K. Le Guin puso el acento en ese punto y creía que reconocer su importancia permite desmontar narrativas patriarcales.
Me encanta que cites a Ursula porque ella definitivamente tenía una pulsión por hablar de lo valioso de otra forma. Definitivamente hay esa pulsión de recordar qué es lo valioso, de otra forma. En México hay un auge maravilloso que se puede ver en un libro fundamental como Tsunami; ahora contamos con escritoras increíbles como Daniela Rea, Brenda Navarro, Yásnaya Elena Aguilar o Alma Delia Murillo.
¿Por qué si creciste en un ambiente laico, te metiste a investigar el tema de la fe?
Quería entenderlo desde una parte no autoritaria, la fe es algo personal y Dios es algo que nos corresponde a todos. No quería dejarle a la Iglesia patriarcal el poder de decir todo al respecto. Ahora mismo hay teólogas doctoras que al interior de la Iglesia están escribiendo libros muy potentes y que quitan el poder a estos señores que no saben lo que son las mujeres y que se meten en sus vidas de una manera muy mandona y según ellos, con la autoridad de Dios.
¿Por eso también te adentras en el mundo de las monjas?
Es un universo enorme y cuando investigas descubres que hay de todo. Monjas cultas, ignorantes, trabajadoras, flojas, buenas y malas. Para la novela entrevisté a un montón de ellas y descubrí que cada una tiene una historia.

¿Cambió tu relación con la fe y la religión a partir de esta novela?
Se profundizó y me dio cierta libertad para leer a personas como Thomas Merton o inclusive a San Agustín, y para llegar a leer a la teóloga Sandra Schneider. Me dio permiso para encontrar una Iglesia más cercana a Jesús, cuya figura quiero seguir teniendo cerca.
Cuando dices cerca, ¿hablas desde la fe, como personaje o como materia de estudio?
Como personaje. El papá Francisco decía que Dios llegó a nosotros a través de las historias y los cuentos. Para él la Biblia era un cuento que acaba siendo algo muy literario. Las historias de Jesucristo que son muy variadas y a veces contradictorias incluso entre los evangelios.
La novela inicia con una reflexión sobre la muerte. ¿Por qué comenzar de esta manera?
Sabía que ella tenía que morir desde el principio, por el momento que estaba en su vida. Es una mujer mayor. En vez de contar la historia de manera cronológica, preferí comenzar con el final porque creo que se nos olvida que nos vamos a morir y la literatura de alguna manera nos lo recuerda. Creo que entre más presente tengamos esto, todos podremos vivir mejor.
Dedicas la novela a Sergio González Rodríguez, ¿por qué?
Sergio fue un gran amigo mío. Nos conocimos en el Reforma y desde el principio hablábamos de literatura. En alguno de sus libros salgo. Íbamos a cantinas. Sergio murió en 2017 y todavía alcanzó a leer una versión de esta novela. Me recomendó que leyera a George Agamben, autor muy importante para la escritura de esta novela.
Salvo excepciones durante mucho tiempo hubo una ruptura entre la literatura y la religión. No era bien visto que autores abordaran estas historias.
Sí, se pensaba que si una persona inteligente y educada, no creía en ese tipo de historias que solo eran para supersticiosos. Recuerdo que en una clase de poesía mencioné el alma y se burlaron de mí, pero la realidad es que son problemas no resueltos. Por otro lado, también creo que el laicismo y el intelectualismo se convirtieron en algo muy corporativo, porque ese raciocinio hiperintelectual también te saca de una realidad humana en la que hay lugar para la fe, la superstición y un montón de creencias metafísicas.
Y qué te interesa explorar…
Es un tema que me parece interesantísimo. Hay una ruptura real entre la Iglesia de derecha y la Iglesia humanista más de izquierda. Hay distintas formas de abordar temas del mundo real como la migración, las mujeres y el matrimonio. Todas son cuestiones que se deben resolver.
A lo largo de estos doce o trece años, ¿qué tanto cambió la novela?
Hubo muchísimos cambios. Todavía en noviembre cambié cosas, antes había más teología y ensoñaciones, más historia de la Iglesia. Me costó trabajo entender cuánto había que explicarle al lector y había que tener cuidado con esto. Si te vuelves muy didáctico terminas haciendo mala literatura.
