Resonancias anómalas de otras eras: ‘Bucareli 158’ (Reseña)

Resonancias anómalas

La narrativa mexicana contemporánea ha encontrado en la intersección de la historia institucional y la ficción un terreno fértil para desentrañar la memoria del país. En este escenario, José Manuel Cuéllar (Ciudad de México, 1990) levanta como un artefacto literario insólito y perturbador esta novela Bucareli 158 (Tusquets, 2026). Publicada en un contexto de profunda revisión de las mitologías del poder republicano, la novela trasciende los límites del mero thriller histórico y adentra a sus personajes en carne viva al horror.

El título remite de manera explícita una coordenada física concreta: la avenida Bucareli en Ciudad de México, señalada con el número 158. Esa importante calle trazada a finales del siglo XVIII por el virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa fue conocida en sus inicios como el Paseo Nuevo, su propósito principal era puramente recreativo: un paseo arbolado de estilo europeo con carriles para peatones, jinetes y carruajes, decorado con grandes fuentes y glorietas donde las familias de la Nueva España salían a pasear. Desde hace más de un siglo, Bucareli nos remite directamente al sitio en donde se manifiesta el poder, pues alberga la sede de la Secretaría de Gobernación, epicentro del control interno, la inteligencia, el espionaje y la contención de la vida política nacional. En esta arteria de la ciudad también se encuentra el emblemático Reloj Chino, la esquina de la información, importantes edificios que dan cuenta de las diferentes épocas y el bello complejo habitacional conocido como la Mascota. Hoy también podemos encontrarnos la fachada marcada con el número 158, donde ocurre la historia perturbadora que narra José Manuel en diecinueve capítulos breves, desplegados en saltos temporales que van desde el siglo XVII hasta el año 2013.

La dimensión oculta del poder

José Manuel Cuellar ha trabajado, en los últimos tiempos, el ensayo filosófico e histórico de la política mexicana; ha puesto luz sobre personajes como Emilio Uranga de quien hizo un importante trabajo de recolección de sus ideas. Celebro que con Bucareli 158 regrese al terreno de la ficción, sin alejarse del todo de la filosofía y la historia, temas que esta vez le permiten adentrarse a un nuevo e insólito territorio: el horror. En esta novela sugiere que el poder en México no se sostiene únicamente sobre los recovecos legales, la corrupción o el monopolio de la violencia armada, sino sobre una dimensión que permanece oculta y pretende develarse solo a quienes la sabrán descifrar.

La narración parte de una escena sencilla y cotidiana: una mujer camina del Metro Chapultepec a la casa donde trabaja de asistente doméstica, su paso es lento, va arrastrando varias horas de trayecto desde una colonia en la periferia hasta la casona donde tiene la titánica tarea de limpiar, digo titánica porque una casona que parece desmoronarse es sin duda un esfuerzo que no tiene un fin claro. Mientras ella se entrega a esta tarea de recoger los pedazos de la ruina, su patrona, la señora Madero, la espía a la distancia. A partir de las interacciones domésticas de estas dos mujeres, se teje la red de la narración y comienzan a desfilar personajes que nos resultan bastante conocidos (políticos, actores, asesinos), apelan a la memoria de un pueblo acostumbrado a olvidar, creemos conocer el nombre y apellido e incluso las hazañas —vergonzosas, terribles—, que los insertaron en la vida pública, sin embargo, ahí comienza uno de los artefactos narrativos: el efecto especular. Son precisamente estas apariencias las que se van manifestando a manera de sombras, de historias que penetran los pensamientos, de estatuas que parecen tomar vida, de viejas maldiciones, de gobernantes ansiosos por conocer las respuestas que los espíritus pueden darles. Estos juegos de espejos mantienen al lector en una especie de sopor, donde no puede entender del todo donde se encuentran los límites de aquello que creía saber y de lo que está leyendo.

Ifigenia, la sencilla ayudante doméstica, es un eje importantísimo en esta historia, es ella quien se adentra en los vericuetos de la casona con la resignación de quien se sabe el extraño en la vida de los otros. La señora Madero le indica las actividades que debe realizar al tiempo que le va contando historias de su pasado —que acaso parecen fantasías de una anciana—, sin embargo, poco a poco su perorata va convirtiéndose en el canto de una sirena que envuelve a quien lo escucha. Ifigenia se ve lanzada a las profundidades de la casona, que opera como una bisagra entre la realidad cotidiana del transeúnte capitalino y un submundo ominoso. La arquitectura de la casa se presenta viva, llena de pasadizos obturados como arterias, salones negados a la luz del sol, habitaciones con resonancias anómalas de otras eras y muros que parecen mostrar, al primer descuido, secretos terribles. La casa es un ser que respira, que exuda una humedad enrarecida y rompe los límites del relato mismo. Durante la lectura, la atmósfera nos arrastra a percibir esta denigración y nos agazapa en las esquinas luego de escuchar los ruidos de las chirriantes tuberías, la claustrofobia nos sumerge en los detalles perceptivos, incluso podrían tocarse las paredes escarapeladas.

La anciana es una especie de custodia y relatora; mientras Ifigenia parece más la víctima dócil que, sin saber, arrastra a su casa esos humores que van enrareciendo también a su familia. Otras historias se entrecruzan en su propia intimidad, mientras la voz de la anciana se adentra incluso en sus sueños, presentándose como una mujer voluptuosa que la invita a protagonizar un aquelarre.

Cuellar logra desplegar la trama de Bucareli 158 con una tensión bien dosificada que mantiene latentes las energías del espiritismo, las sesiones con médiums, el ocultismo, los crímenes y las élites políticas que fueron desfilando por ahí para mantener vigentes los lazos con esa tradición secreta que se alimenta de sangre y rituales para los gobernantes en turno. Esta fascinación esotérica ha sobrevivido a lo largo de las décadas: desde los círculos espiritistas de Francisco I. Madero en los albores del siglo XX hasta los rituales en la sombra atribuidos a figuras del poder en décadas posteriores, las cirugías psíquicas o las videntes que pueden resolver crímenes. En esta casa el poder y la perversión caminan tomados de la mano y con un trazo casi matemático nos adentramos a las dimensiones de un horror complejo que escapa del espanto, del monstruo y de la voluptuosidad para, tras la lectura, preguntarnos si esa casona seguirá sedienta de sangre y rituales.