Más que crecer: 3 claves para cuidar la salud mental y emocional de nuestros hijos

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Nuestros niños y adolescentes pueden sonreír, ir a la escuela, jugar con sus amigos y, aun así, estar atravesando emociones que no saben cómo expresar.

La infancia y la adolescencia son etapas llenas de cambios. Aparecen nuevas responsabilidades, cambios físicos, presión escolar, amistades, conflictos familiares y, además, el mundo de las redes sociales. Todo esto puede influir en su manera de sentirse, relacionarse y verse a sí mismos.

Por eso, cuidar la salud mental desde pequeños es tan importante como cuidar su alimentación, su sueño o su salud física.

Escuchar antes de aconsejar

Una de las mejores herramientas que tenemos como padres es aprender a escuchar.

Cuando un niño dice “estoy triste”, “nadie quiere jugar conmigo” o “no puedo hacerlo”, quizá nuestra primera reacción sea darle una solución: “no te preocupes”, “eso no es importante” o “échale ganas”.

Pero antes de solucionar, podemos simplemente acompañar:

“Entiendo que esto te hizo sentir mal. ¿Quieres contarme qué pasó?”

Sentirse escuchado y tomado en serio puede hacer una enorme diferencia.

Las emociones también se aprenden

Los niños no nacen sabiendo qué hacer con el miedo, la frustración, los celos, la tristeza o el enojo. Necesitan que los adultos les enseñemos a reconocer y expresar esas emociones.

Decirles que llorar está bien, que pueden equivocarse y que pedir ayuda no los hace débiles les ayuda a construir una autoestima más sana y una mayor capacidad para enfrentar las dificultades.

También debemos estar atentos a cambios que se mantienen en el tiempo: aislamiento, irritabilidad constante, problemas para dormir, pérdida de interés, cambios importantes en el apetito, miedo excesivo o descenso repentino en el rendimiento escolar. Estas señales no necesariamente significan que exista un trastorno, pero sí indican que vale la pena acercarnos y, si es necesario, buscar orientación profesional.

3 tips para empezar hoy

1. Regálale 10 minutos de atención exclusiva.

Deja el celular, míralo a los ojos y pregúntale cómo se siente. No necesitas tener una gran conversación; lo importante es que perciba que estás disponible.

2. Valida sus emociones.

En lugar de decir “no pasa nada”, prueba con: “Veo que esto te preocupa” o “entiendo que estés enojado”. Validar una emoción no significa aprobar una conducta; significa reconocer lo que está sintiendo.

3. Crea un hogar donde pedir ayuda sea normal.

Enséñale que hablar con mamá, papá, un maestro, orientador o profesional de la salud mental no es motivo de vergüenza. Pedir ayuda es una muestra de valentía y autocuidado.

Una pequeña acción puede hacer una gran diferencia

No necesitamos ser padres perfectos. Necesitamos estar presentes, aprender a escuchar y recordar que detrás de una conducta difícil puede existir una emoción que todavía no saben cómo expresar.

Cuidar la salud mental de nuestros niños y adolescentes es sembrar hoy las herramientas emocionales que necesitarán para construir un futuro más seguro, saludable y feliz.