Los mexicanos pagamos dos veces por casi todo. El impuesto invisible de la insuficiencia del Estado

Los mexicanos

En México existe un impuesto que no aparece en el Código Fiscal, no fue aprobado por el Congreso y no tiene una tasa determinada. No lo recauda el SAT ni aparece desglosado en una factura.

Sin embargo, millones de mexicanos lo pagan todos los días. Es el costo de pagar dos veces por aquello que, en principio, el Estado debería proporcionar con los recursos que ya recibe de los contribuyentes. Pagamos impuestos para financiar la seguridad pública, pero contratamos vigilancia privada, cámaras y alarmas. Financiamos un sistema público de salud, pero compramos seguros, pagamos consultas, hospitales y medicamentos.

Sostenemos la educación pública, pero millones de familias recurren a escuelas privadas. Pagamos infraestructura y servicios, pero también carreteras de cuota, pipas de agua, plantas eléctricas y soluciones privadas para sustituir aquello que el Estado no proporciona adecuadamente. No se trata de cuestionar la existencia de servicios privados. El problema comienza cuando recurrir a ellos deja de ser una elección y se convierte en una necesidad. Ahí aparece el impuesto invisible de la insuficiencia del Estado.

La discusión fiscal mexicana suele concentrarse en cuánto recauda el gobierno y si debería recaudar más. Pero existe una pregunta anterior y mucho más incómoda: ¿Qué recibe efectivamente el ciudadano por los impuestos que ya paga? Durante años hemos discutido si México necesita un Estado más grande o más pequeño. Tal vez estamos formulando mal la pregunta, lo importante debería ser cuántos resultados produce el Estado por cada peso que absorbe de la economía.

Una familia puede pagar ISR, IVA, predial y múltiples contribuciones directas e indirectas. Ésa es su carga fiscal visible. Pero si además necesita pagar seguro médico, escuela privada, seguridad, agua o utilizar carreteras de cuota para obtener servicios adecuados, su verdadera carga económica es mucho mayor. Una parte aparece en las cuentas públicas, la otra permanece escondida dentro del presupuesto familiar y ese impuesto invisible es profundamente desigual.

Las familias de mayores ingresos pueden construir una especie de Estado privado alrededor de ellas mismas: compran salud, educación, seguridad, movilidad e incluso alternativas para servicios básicos. Quienes tienen menores ingresos no pueden hacerlo. También pagan la insuficiencia del Estado, pero de una manera mucho más severa: tienen que conformarse con aquello que reciben. Por eso la mala calidad de los servicios públicos no es solamente un problema administrativo, también es un mecanismo de desigualdad.

Para las empresas el fenómeno se convierte directamente en un problema de competitividad. Una compañía paga impuestos, pero después incorpora a sus costos seguridad privada, seguros, transporte protegido, infraestructura eléctrica de respaldo, almacenamiento de agua y mecanismos para compensar deficiencias del entorno. Esos gastos terminan apareciendo en menores márgenes, precios más altos, inversiones pospuestas o empleos que no se crean. Por eso, cuando una empresa decide dónde invertir, no pregunta únicamente cuál es la tasa del impuesto corporativo. Pregunta algo mucho más importante: ¿Cuánto cuesta realmente operar aquí?

Una economía puede presumir de impuestos competitivos y simultáneamente imponer enormes costos indirectos derivados de inseguridad, infraestructura insuficiente, agua, energía o burocracia. En algún momento México tendrá que discutir seriamente una reforma fiscal. Las pensiones, la salud, la infraestructura y las crecientes obligaciones presupuestarias harán cada vez más difícil posponerla. La legitimidad tributaria no depende solamente de la capacidad del Estado para cobrar. Depende de que el ciudadano perciba una relación razonable entre lo que entrega y lo que recibe.

México no necesita simplemente discutir si debemos pagar más o menos impuestos; requiere discutir cómo dejamos de pagar dos veces, el costo de comprar por segunda vez aquello que ya se financió la primera.