“La ficción es una manera de acercarte al fuego, sin quemarte tanto”: Norma Lazo
Norma Lazo es una escritora que sabe encontrar las fisuras de la realidad. Sus novelas, cuentos y ensayos se aproximan a lo más oscuro y siniestro de la condición humana, a aquello muchas veces no queremos ver ni nombrar.
Ganadora del Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares, con el libro El amor es un triángulo equilátero, Lazo cuenta con más de una de decena de títulos que navegan entre el ensayo, el cuento y la novela.
Su obra más reciente es La tiniebla (Textofilia), volumen que reúne un conjunto de cuentos que la confirman como una de las autoras mexicanas con más oficio para manejar el género del horror.
¿Qué estás leyendo ahora?
Acabo de terminar V13, de Carreré son sus crónicas sobre los juicios de París. Está bastante bien, me gusta mucho ese señor, aunque sea tan mamón. A la par estoy leyendo un libro que se llama El horror en el polvo del planeta, es mi traducción literal porque está en inglés, es de Eugene Thacker, un filósofo que intenta acercarse a Lovecraft, a la literatura de terror y al miedo desde la filosofía.
En tu caso, todos los caminos condicen al horror, ¿no?
Nunca he querido encasillarme en un género. Tengo novelas realistas, por decirlo de alguna manera, que tienen que ver más con el mundo ordinario y con la condición humana. Pero es verdad que me encanta el horror y si lo he transitado tanto es porque es complicado. Son pocos autores que se acercan al género con cierta densidad de temas y situaciones, para hablar de cosas trascendentales. Así surgió La tiniebla, libro con el que quedé muy contenta. Además, para como están las cosas en el país, de repente es mejor acercarse a estos temas desde la ficción.
Al menos en Latinoamérica el horror se ha convertido en un género realista, ¿lo percibes así?
Si el género goza de buena salud en la actualidad se debe a que todo está tan triste, la vida es dura y la violencia ha escalado. No es que antes no haya habido violencia o guerra, son parte de la condición humana, pero me parece que ahora hay una especie de permisividad de ciertos constructos violentos. Lo primero que me viene a la cabeza es la tensión entre los llamados woke y la respuesta de la derecha. Dice Judith Butler que cuando las elites privilegiadas ven que su status quo peligra, responden de una manera extremadamente violenta. Creo que estamos viendo eso y la literatura de horror lo está reflejando. Entre más se habla de la misoginia y del patriarcado, la violencia contra las mujeres aumenta. También creo que es interesante mencionar que lo que más están llamando es la ficción escrita por mujeres.
Cierto, y de alguna forma en estas obras de horror se filtra la realidad. Lo vemos en los cuentos que integran La tiniebla, como también lo vemos en las novelas y relatos de Mariana Enríquez.
Justo a eso me refiero. En la época de Calderón, México fue el país invitado a la Bienal de Venecia y Teresa Margoles llevó una instalación o mejor dicho, un entramado de fotografía, instalación, audio y demás. Se llamaba “¿De qué otra cosa podemos hablar?”, creo que seguimos en lo mismo. No me propongo escribir sobre estas cuestiones, pero es lo que respiramos todo el tiempo. Aunque no veas noticieros te enteras de las desapariciones, las cifras son una brutalidad y creo que no se le da el peso que debería a este fenómeno.

¿Qué papel crees que tiene la ficción para procesar esta realidad?
La ficción es una forma de tramitar las emociones. Es muy difícil ver el problema de una manera tan cruda y descarnada. La literatura, en cambio, te permite ir gestionar el trauma. Que una no tenga un ser querido víctima de una desaparición, no significa que no haya un velo de trauma o melancolía en el país. La ficción es una manera de acercarte al fuego, sin quemarte tanto. Poner las cosas en papel me hace respirar, tramitar y gestionar la realidad. Me parece que Mariana Enríquez también lo hace en su novela Nuestra parte de noche. De alguna manera, el arte y la literatura se convierten en la memoria colectiva que es muy necesaria.
Al final de “Presencias’, cuento con el que abres el libro, escribes: no hay luz al final del túnel, solo tiniebla, ¿esa idea nace de tu percepción de la realidad?
Por lo menos mientras escribía eso, así me sentía. Me da gusto ver como las generaciones más jóvenes que parecen traer otro chip. Finalmente, yo ya voy de salida.
¿Estos cuentos fueron escritos para este libro o los tenías sueltos?
Son cuentos que fui escribiendo a lo largo de 20 años, pero se habían quedado en ideas, párrafos o guiones. Al principio no tenía claro si sería una novela o un libro de cuentos. Pero de repente surgió el cuento “La tiniebla”, que es en referencia a los niños enfermos, y todo tomó sentido. Revisé los archivos que tenía en casa y poco a poco el libro se fue formando en mi cabeza de una manera muy orgánica.
Estamos hablando de una realidad oscura y terrible, pero también se escribe por gusto.¿Cuál es la parte más disfrutable de escribir?
Disfruto mucho la escritura, el momento que produce más placer y que más emociona es cuando siento como si me estuvieran dictando. Suena medio psicótico, pero es muy emocionante. Para mí, escribir es una pasión, es algo que hago desde niña, y creo que dedicarme a esto es lo mejor que me pudo haber pasado.
¿Qué relación tienes con el cuento como género?
El cuento como género me cuesta mucho trabajo. Me gusta más la novela porque para mí es como un viaje. No me gusta hacer maquetas ni escaletas, ni nada de eso. El cuento exige atención, trabajo y conciencia, funciona como un reloj.
