La alucinación consensuada: Alejandro González Iñárritu

La alucinación consensuada

Quiero agradecer a los miembros de El Colegio Nacional y a todos los aquí presentes. Muy queridos amigos, familiares, colegas, a mi esposa María Eladia y a mis hijos María Eladia y Eliseo por acompañarme el día de hoy en un evento tan especial.

Agradezco también a quienes nos siguen por las redes sociales y la pagina oficial del Colegio Nacional. Siento mucho no haya el espacio físico suficiente en este hermoso e histórico lugar para estar todos juntos y mirarnos a los ojos.

Antes de comenzar, quiero decirles que su invitación para formar parte de este honorable Colegio Nacional no solo me honra, me conmueve profundamente… y también me asusta un poco.

Confieso que durante un par de años me resistí, como gato boca arriba, a la generosa insistencia de Juan Villoro para que aceptara siquiera proponerme como candidato. El motivo de mi resistencia fue la prudencia.

Prudencia, porque la sensación de sorpresa se mezcla con la de humildad y uno debe pensarlo dos veces antes de aceptar una responsabilidad así.

Aún hoy, no estoy convencido de poseer los méritos necesarios para ocupar un lugar entre un grupo de mentes tan brillantes como las que tengo delante. No soy, después de todo, un hombre de palabras. Mis argumentos no se conjugan en verbos, sino en imágenes, planos, encuadres y silencios incómodos.

Entiendo que es precisamente esa diferencia —esa anomalía— la que motivó, por primera vez en la historia de este honorable Colegio, la invitación a un cineasta.

Así que aquí estoy: conmovido, agradecido. Quién pensaría que después de haber sido corrido de tantos colegios en mi vida, me trajeran al Colegio de vuelta… ¡y a esta edad!

Quiero pensar que, al elegirme, más allá del reconocimiento a mi trabajo personal, ustedes han reconocido también un oficio y a una tradición. Una tradición en la que figuran nombres como Salvador Toscano, Rubén Gámez, Emilio Fernández, Luis Buñuel, Roberto Gavaldón, Fernando de Fuentes, Paul Leduc, Julio Bracho,Arturo Ripstein, Jaime Humberto Hermosillo, Felipe Cazals, Jorge Fons y Eugenio Polgovsky, entre muchos otros, cuyas obras inspiraron, abrieron caminos y marcaron el rumbo que varios de nosotros. Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro, Carlos Reygadas, Tatiana Huezo, Lila Avilés, Amata Escalante, Everardo González, Alejandra Márquez, Fernando Eimcke, Michel Franco y muchos mas, incluyendo a todos los jóvenes que merecen una mención aparte y que han dado continuidad a nuestro cine poniéndolo muy en alto.

Todos los Mexicanos que trabajamos en las artes visuales, somos privilegiados y herederos de una cultura milenaria que ha desarrollado un lenguaje visual único y profundamente simbólico.

Si bien el arte griego y romano capturaron la realidad con una belleza y precisión casi sobrehumanas, a pesar de sus geometrías ideales, su imaginario se quedó anclado en el plano de la realidad perceptible.

Incluso sus Dioses y monstruos, se encuentran dentro del mundo amplificado o la combinación de cosas reales sin existir una ruptura con la forma natural.

En cambio, la cosmovisión indígena del universo, opero en una dimensión radicalmente diferente. Esta no buscaba imitar la realidad sino codificar lo invisible. La astronomía, el tiempo, la religión, el conocimiento, el hombre, la naturaleza, y la mitología en un mismo lenguaje visual, creando entidades que no existen en ningún plano natural sino en uno puramente conceptual. Donde los griegos perfeccionaron el mundo que tenían enfrente, los mesoamericanos inventaron uno nuevo. Una figura como Coatlicue no se parece a nada observable, es una ecuación cosmológica hecha piedra.

México es una potencia visual porque nuestra cultura, desde siempre, ha convertido la imagen en una forma de explicar al mundo. Desde los códices prehispánicos, capaces de expresar sistemas completos de pensamiento visual y transmitir información política, científica y espiritual, hasta las narraciones monumentales del muralismo Mexicano del siglo veinte cuyo poder, convirtió a México en referente mundial del arte publico. Me enorgullece pensar que Rivera, Orozco, Siqueiros y Tamayo fueron pilares fundamentales de este Colegio.

El cine, con solo 130 años de edad, es la mas joven de todas las artes mezclando, sin pudor, a todas ellas en un exquisito guacamole estético. Solo son 30 años los que llevo dedicándome a él. Cuando he creído entenderlo, es precisamente cuando se manifiesta o revela de una manera distinta, y me queda claro que aún no he entendido nada.

Y quien crea que sabe lo que es, lo que debe ser o cómo debe hacerse, revela precisamente un síntoma de ignorancia.

El cine, como el agua, es polimórfico. Así como el océano se manifiesta en lluvia, nube, nieve, hielo, río, charca y hasta una taza de té es océano, el cine se manifiesta también de distintas maneras y no puede ser definido ni encerrado en fórmulas o dogmas. Esa es su belleza y su misterio.

Mi amigo Pelayo Gutiérrez, que en paz descanse, fue mi primer amigo en la vida y el me inició en este viaje del cine. Alrededor de 1982, a los 19 años quizá, Pelayo trabajaba en productora de cine de su tío. Yo moría por trabajar. Pelayo entonces, le pido a productor en jefe de la compañía, de nombre Abrham Cherem, si podría yo tener la oportunidad de trabajar con ellos. Cherem le envió a Pelayo el siguiente mensaje para mi: Dile al Negro, que es mi apodo, que el que no tenga familia en el cine, que se la busque”.

Y eso fue lo que hice. A lo largo de muchos años he tenido la suerte de formar y ser parte de una increíble y entrañable familia cinematográfica y sobra decir que sin su trabajo, yo no estaría hoy aquí. Martin Hernández, Rodrigo Prieto, Guillermo Arriaga, Gustavo Santaolalla, Lynn Fanchstein, Brigitte Broch o ‘Chivo’ Lubeski, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, son solo algunos de muchos miembros, tantos que no habría tiempo de nombrar aquí a todos, con los que he compartido este viaje y les debo tanto.

Por la naturaleza misma de mi oficio, me resulta difícil extraer lecciones prácticas que compartir. Las imágenes, resultado final de mi trabajo, contienen en sí mismas mucho más de lo que yo aquí pudiera especular.

Lo que sí puedo hacer, y lo que me interesa hacer hoy, si mi pequeño kilo doscientos gramos de cerebro me permiten, es intentar compartir, de una forma sencilla y con humildad, un poco de lo experimentado en mi proceso de trabajo, el contexto en el que este nació, la relación que guarda con mi vida personal, e intentar, a través de algunas cuantas reflexiones y pequeños fragmentos visuales de mi obra, compartir lo que para mí, son y han sido los elementos únicos y esenciales que sostienen el misterio del cine.

El estado natural del cine es el de no existir jamás. Para prueba, basta echar un ojo al inconmensurable cementerio de guiones “en desarrollo”: infinitos archivos llenos de desesperación que yacen en los estudios de cine, carpetas olvidadas dentro de cajones y armarios, y cientos de miles de folders perdidos en computadoras y nubes tecnológicas de jóvenes cineastas que quizá escribieron una historia extraordinaria y nunca encontraron cómo levantarla a causa del presupuesto, la burocracia, la falta de confianza o claridad o simplemente, el azar.

El cine, llevado a su máxima expresión, puede ser profundamente poético. Sin embargo, detrás de este aparente milagro luminiscente, que en ocasiones contiene y conlleva un punto de vista único e individual, existe, contradictoriamente, un monumental esfuerzo colectivo que requiere el perfecto manejo del oficio de cada uno de sus colaboradores y de mucho trabajo sucio, plomería y carpintería.

Es decir, primero nace como soliloquio. Un poco más tarde, como acto delirante de promiscuidad creativa.

La literatura y el cine comparten una misma obsesión: contar historias que ocurren en el tiempo. Ambas construyen personajes, mundos, principios y finales. Pero su diferencia radical descansa en una sola palabra: interioridad.

El medio de la literatura es el lenguaje, y el lenguaje está hecho de la misma materia que el pensamiento. Es pensamiento describiendo pensamiento, como un espejo que se mira a sí mismo y de algún modo no explota.

En cambio, el cine es la encarnación y materialización de ese pensamiento. El cine es arte y circo. Es puta y poeta también. Y ahí reside lo fascinante y trágico de su naturaleza.

No importa su tamaño o ambición, necesita dinero. Y mucho. No hay películas chicas. Todas son una batalla. Como cuando se construye una casa, sea chica o grande. No hay presupuesto que alcance y el tiempo sera insuficiente.

Hacer una película requiere de un enorme acto de voluntad. Es alinear todas las fuerzas divergentes en fricción y las infinitas variantes del caos, el azar, la obsesión y la locura. Es domesticar un huracán para que actúe frente a cámara.

Dirigir es un gran privilegio y también una enorme responsabilidad. Antes que el rodaje de una película inicie, seguramente han pasado ya muchos años en su desarrollo. Es difícil poder comunicar y convencer a tanta gente para creer en la visión de una película.

El Renacido, antes de hacerse, se cayo dos veces durante un periodo de desarrollo de seis años. Fueron dos años solo en la búsqueda de locaciones. A pesar de ya haber ganado reconocidos premios Cannes y varias nominaciones al Oscar, nadie creía en Birdman o la Inesperada Virtud de la Ignorancia. Tarde tres años estirando el sombrero y finalmente pude engañar a un par de inocentes que creyeron finalmente que yo, un director tan dramático, era capaz de dirigir una comedia. Finalmente pude conseguir un mínimo de dinero y prácticamente, sin sueldo, ni yo ni los actores, todos convencidos de que valía la pena hacerla y arriesgar nuestro trabajo, pudimos el ‘Chivo’ Lubeski y yo, filmar la película en un tiempo récord de solo diecinueve días.

[…]

Seas quien seas, lograr financiamiento y luz verde para una película es difícil. También es muy difícil rodarla. Pero lo mas difícil de todo, es que la película sea buena. Uno pone la vida y el corazón en ello, pero el resultado esta fuera de nuestras manos. No hay recetas, formulas ni garantías, trabajes con quien trabajes o cualquiera que sean tus intenciones, experiencia o maestría. Una buena película es un verdadero milagro.

La buena noticia, es que el cine cuenta con herramientas propias y únicas para construir su gramática visual y con ellas, podemos aventurarnos una y otra vez, aspirando a que ese milagro, se nos conceda aunque sea una sola vez.

Así como en nuestro lenguaje existen 27 letras y 100,000 palabras a nuestra disposición para construir y comunicar un pensamiento o sentimiento, los rudimentos del lenguaje dentro del cine están también disponibles para todos; y, como en la literatura, solo quien los entiende y domina mejor, podrá comunicar más claramente una idea o un sentimiento.

La luz, el tiempo, el encuadre, el montaje y el sonido son algunas de las herramientas intrínsecas e inherentes a este medio y, fuera del cine, carecen de sentido. Hablaré de estos aspectos, pero quisiera primero, aprovechando este ejercicio de reflexión, intentar responder, de una vez por todas, la pregunta que más me han hecho en mi vida y a la que aún no he sabido encontrar una respuesta con certeza.

Cuando me preguntan por qué hago cine, no tengo epifanías. Solo sospechas.

Nací en la Colonia Narvarte, en la calle de Uxmal numero 31. Durante toda mi infancia, cada domingo fui a misa en la Iglesia de La Piedad, en la calle de Obrero Mundial. Sentado en los zapatos de mi padre, Héctor González Gama, observaba atónito, durante esa hora y media que duraba la misa, un mural del Charro Medina de cuarenta metros de altura.

Las imponentes imágenes representaban el Apocalipsis y la venida del Señor con sus caballos y unas manos gigantes de Dios dejando caer al vacío los cuerpos de cientos de seres humanos incendiados mientras, al estilo de El jardín de las delicias, de El Bosco, se comían y descuartizaban unos a otros.

En el altar, una escultura gigante de La Piedad: la madre de Dios cargando el cuerpo flácido de su hijo torturado y muerto. Cualquier mal pensamiento era suficiente para ser castigado, pero yo no sabía cómo parar mis pensamientos.

Ese mural tan gráfico y narrativo no fue jamás placentero, pero sí definitivo. Sin palabras, solo con imágenes gigantescas, me hizo sentir cosas inexplicables y contradictorias.

Quiero compartirles una breves imágenes que filmé precisamente dentro de esta iglesia de La Piedad para mi última película, Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades.

Esta escena no sobrevivió en el cuarto de edición, pero me alegro de haber filmado este mural, pues me da la oportunidad de compartirlo ahora con ustedes.

Esta es sin duda alguna la primera película que vi en mi vida, en permanencia involuntaria y sin pagar boleto alguno.

* El martes, Alejandro González Iñárritu ingresó a El Colegio Nacional, convirtiéndose en el primer cineasta en formar parte de la institución fundada en 1943 y dedicada a reunir a figuras destacadas de la ciencia, las humanidades y las artes en México. El arquitecto Felipe Leal, presidente en turno de la institución, realizó la salutación, y el escritor Juan Villoro respondió al discurso de ingreso del cineasta. Ganador de cinco premios Oscar y reconocido internacionalmente desde su ópera prima Amores perros, actualmente trabaja en una nueva película producida por Warner Bros. Pictures y Legendary Pictures, protagonizada por Tom Cruise y Riz Ahmed.

** El Colegio Nacional, institución histórica dedicada a la divulgación de la cultura científica, artística y humanística, y Aristegui Noticias, medio de comunicación independiente y multiplataforma, colaboran para promover y difundir el quehacer intelectual de las y los colegiados, con el fin de acercarlo a nuevas audiencias.