Soy mi memoria: Fragmentos del libro póstumo de Miguel León-Portilla
Soy mi memoria. Es esta una expresión que, sonando retórica, es cierta. Los humanos creemos conocer quiénes somos pero, si bien se mira, lo que podemos saber sobre nosotros se halla en la propia memoria. Gracias a ella sabemos cuándo y dónde nacimos, quiénes fueron nuestros padres y hermanos. Es la memoria la que da sentido a nuestro yo y le ayuda a presentarse ante los otros.
En casos extremos, el que pierde la memoria, el amnésico rematado, el que padece Alzheimer, se vuelve anónimo, es como viajero sin equipaje, que anda sin rumbo y, lo peor, no sabe quién es. Todos pensamos y sentimos que la memoria reside en la cabeza y también sabemos que no se halla en los ojos, ni en la nariz, ni en las orejas, sino en el kilo y cuarto de carne que llamamos cerebro. Ahí reside la memoria y gracias a ella conocemos lo que hemos sido, lo que hemos hecho y lo que podemos hacer.
Aunque para obtener mayor información sobre mí puedo consultar genealogías o inquirir acerca de mi adn y, por supuesto, dispongo de la balumba de documentos y papeles a partir de mi acta de nacimiento y del registro nacional de elector o más genéricamente de ciudadanía. Puedo tal vez tener al alcance mi currículum vitae, si bien todo esto me dice menos sobre mi yo que mi memoria.
Con esta, probablemente inesperada, forma de introducción, doy principio a mis Memorias. Pero, ¿por qué hablo ahora de ella en plural? Bien sabemos que la memoria es una, pero para referirme a lo que ha sido mi trayectoria en la vida —lo que he conocido en ella, cómo he actuado bien o mal— empleo la palabra en plural. Y esto ocurre asimismo cuando quiero abarcar lo que recuerdo como de cierto interés para otros, los pocos o muchos que me quieran conocer.

Y me atrevo a hurgar en el kilo y cuarto de carne de mi cerebro porque algunos amigos me han insistido en que debo hacerlo. Añadiré que tal vez debo recordar que, hace poco, un comité integrado por los directivos y otros profesionales de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos —una de las más grandes y ricas del mundo— me ha adjudicado el título de “Leyenda Viviente”, lo que, según entiendo, quiere decir que soy como un relato poco frecuente, un ser que conlleva en su memoria experiencias que, por ir más allá de lo común y corriente, pueden tenerse como legendarias.
Pues bien, yo, leyenda viviente, voy a explorar en mi memoria, que se custodia en ese kilo y cuarto de carne, lo que pueda ella comunicarme acerca de mí mismo. Y emprendo esto cuando afortunadamente o como suele decirse, gracias a Dios, no padezco el mal de Alzheimer. Dicho esto, pongo manos a la obra: escribir mis memorias.
En el contexto cultural de la religión católica en la que viví y crecí hasta que me convertí en un semicreyente, practiqué muchas veces el examen de conciencia que conducía a descubrir pecados en los que supuesta o realmente había caído. Y diré que en los años de juventud encontré que había caído en pecado, de los que nunca o casi nunca hablamos y, por supuesto, “de pensamiento y obra”. Solo añadiré que la práctica de esos exámenes de conciencia, para realizar luego la confesión auricular, me ha venido a ayudar ahora en el empeño de avivar la memoria.
¿Por qué escribo estas memorias?
Tengo ya noventa y tres años. Son muchos y son pocos. Son muchos porque he llegado más allá de la esperanza de vida que se augura a los seres humanos en la gran mayoría de los países, especialmente en los que llaman desarrollados; son pocos, porque se me han ido muy deprisa y, desde hace tiempo, cada día se me van más rápido.

No puedo quejarme. El saldo de mi existencia ha sido bueno, interesante y creo que no inútil. He emprendido muchos proyectos, he conocido a gente valiosa de no pocos lugares del mundo. Tengo una familia pequeña, pero que me ha traído muchas satisfacciones; hasta donde cabe, he sido feliz o, por lo menos, no la he pasado mal. No he experimentado lo que es una guerra, ni tampoco una enfermedad grave, aunque en los últimos meses he padecido del sistema respiratorio. Por otra parte, me han afectado las mentiras y corrupciones de no pocos gobernantes y también de otros que prefiero no identificar.
He sabido acerca de la pobreza y la miseria de millones de mujeres y hombres, en particular indígenas y, hasta donde he podido, he alzado la voz denunciándolo. Como ejemplo de esto último diré que, al ser invitado por el entonces presidente electo de México, en 2012, Enrique Peña Nieto, para exponerle algún aspecto de la problemática del país, me referí al caso de los pueblos indígenas. Entre otras cosas le dije que subsisten ellos sin personalidad jurídica, la mayoría viviendo en condiciones de pobreza, y que la casi totalidad de sus demandas nadie las atiende, ni el Congreso, ni el poder Judicial, ni el Ejecutivo.
Añadiré que el presidente Peña Nieto me respondió que en pocos meses volveríamos a hablar de esto y me daría sus puntos de vista, lo cual ya nunca ocurrió. Aunque diré que en una ocasión, en 2017, vino a visitarme a mi propia casa en presencia de varios colegas y amigos míos y tuvimos una agradable charla.

Repetiré ahora que algunos amigos y también personas con las que no he tenido mucho trato, me han insistido en que valía la pena que escribiera mis memorias. Por mi parte, he pensado sobre esto a lo largo de cerca de tres años y me he preguntado, con estudiantes, ellos y ellas, no solo mexicanos sino de muchos países del mundo. No exagero. Los he tenido de nuestro continente, desde Canadá y Estados Unidos, obviamente de muchos lugares de México y también de Cuba, Guatemala, Nicaragua, Venezuela, Perú, Brasil y Argentina. De Europa han concurrido a mis clases de Cultura Náhuatl y de Estudios Mesoamericanos estudiantes de Suecia, Alemania, Croacia, República Checa, Polonia, Holanda, Bélgica, Francia, Italia, España y Portugal. Asimismo, de Israel, Japón, Corea y, muy recientemente, de China.
Y volviendo la mirada a México, diré que desde hace cerca de treinta años se han acercado a mis clases estudiantes descendientes de los pueblos originarios: zapotecos, mayas, tzotziles, mixtecos, ñahñús, purépechas y por supuesto nahuas de varias regiones. Su presencia ha enriquecido mi vida. A lo largo de estas memorias aparecerán los nombres de buen número de ellos.
Confesaré ahora que esto de hacer recordación puede resultar tarea más bien difícil y pesada. No obstante voy a intentar escribir mis memorias. Al tomar esta decisión he estado pensando cómo debería realizarla. Aunque soy historiador, he querido evitar el escollo de creer que debo redactar una obra histórica, atendiendo a una rigurosa cronología y recargada con notas y referencias. Desechada esta hipótesis, he pensado en otras que no es del caso referir. Al final, me he decidido por tomar una grabadora y dictar recuerdos que se me vienen a la cabeza sobre tal o cual asunto sin preocuparme mucho por su secuencia cronológica a la que obviamente atenderé al situarla en el contexto de las varias recordaciones.
