‘La Raya’, una película que rompe con los estigmas del cine sobre migración e indígenas
Un día y de manera misteriosa, un refrigerador aparece en el cementerio del pueblo de La Raya. Los niños Sotera y Erick lo encuentran y con mente de tiburón ven la posibilidad emprender un negocio. En lo que maduran su idea, el pueblo se prepara para la fiesta patronal y son los propios habitantes quienes empiezan a proyectar sus historias alrededor del electrodoméstico.
“Siempre había querido hacer algo sobre mi niñez”, apunta Yolanda Cruz, directora de La Raya. Tras varios años de madurar la idea y de dedicarse al documental, la cineasta debuta con en el género de la ficción con una historia que aborda temas complejos como la migración y pobreza de las comunidades indígenas, pero no desde el lugar común ni el cliché, sino desde el humor negro y el cine de aventuras.
¿Qué te lleva realizar La Raya?
Ha sido un proceso largo. Desde que estudiaba cine quería hacer algo sobre mi niñez, pero por azares del destino hice más documental. Estuve en Los Ángeles, participé en laboratorios de Sundance. Siempre supe que se llamaría La Raya, pero no salía. Cuando regresé a México me propuse actualizarla. Yo me fui de mi pueblo en Oaxaca, cuando tenía 16 años, apenas comenzaba la migración de mi pueblo, pero a mi regresó la mitad de sus habitantes ya estaba en Estados Unidos, por eso a mi regreso decidí actualizarla ya junto con mi pareja.
La película es trilingüe y pones énfasis en eso, ¿por qué?
Quería retratar la realidad de las comunidades. Producto de la migración hay lugares donde solo los ancianos hablan su lengua y quería mostrar esto. En mi pueblo hay niños que ya no quieren hablar el chatino, simplemente porque es muy difícil. Hay mucha diversidad de lenguaje en nuestras comunidades.
La película es en muchos sentidos casi costumbrista, pero está contada en clave de comedia, ¿porqué hacerlo en este tono?
Me interesa mostrar el humor chatino. Cuando retratamos a nuestras comunidades solemos hacerlo todo muy serio y pues no, la vida no es tan seria. Incluso cuando es trágica nos reímos. Tengo recuerdos yendo a mi pueblo y platicando con mis tías que son pura risa y justo quería transmitir eso. Además, es otra forma de atraer el público de esas comunidades. Cuando he presentado a película en festivales se sorprenden del humor porque no están acostumbrados a ver comedia en las comunidades indígenas.

¿Por qué crees que el cine mexicano es serio y solemne cuando habla de migración o de comunidades indígenas?
Cada historia tiene su tono y depende mucho de los cineastas. Yo quería una historia de aventuras y que me hiciera reír, creo que es un buen primer paso para entablar un diálogo.
Es verdad, en principio La Raya es una película que cuenta las aventuras de unos niños a partir de que encuentran un refrigerador en el cementerio del pueblo.
Esa era la idea, lo primero era invitar a los jóvenes chatinos a participar y para ello necesitaba que se sintieran identificados con la historia. Recuerdo que la primera vez que fui al cine tenía seis o siete años, fue tan impresionante que ahora soy cineasta. Para sentarlos ochenta minutos necesitaba contar una buena historia que a la vez los hiciera pensar.
Entiendo que miembros de la comunidad colaboraron como extras y que incluso hicieron aportaciones a la película. ¿Cómo fue ese proceso?
Es casi una historia colectiva, diría. Cuando los invité a participar les hablé de mis preocupaciones y de lo que quería hacer, de inmediato comenzaron a salir historias que incorporamos a la película.
¿Qué posibilidades te brindó colocar a un refrigerador como un objeto catalizador del pueblo?
En los años ochenta tener un refrigerador era un símbolo de estatus. Hoy todavía, algunos tienen luces y son muy sofisticados, de modo que desde el principio creímos que nos podría llevar a diferentes historias. Una vez que lo teníamos pensamos qué podría suceder con el refri. Mi pareja y yo somos grandes fans de Stanley Kubrick, de modo lo resolvimos volviéndolo algo central.
¿Cómo lo que sucede en Odisea: 2001 con el monolito?
Más o menos, pero a nuestro modo. Es un objeto que aparece de la nada y que potencia la historia.

¿Qué otros realizadores o realizadoras tuviste en mente mientras hacías esta película?
Me gusta mucho el cine de Rossellini y el humor de Kusturica, siempre he sido gran fan de él. Alexander Payne me gusta. Creo que los tres tienen un humor negro muy interesante.
Los niños de tu película son muy echados para adelante y despiertos. ¿Cómo trabajaste con ellos?
Una vez más, solemos ver a los niños de las comunidades indígenas muy serios y que casi no hablan. Para mí era necesario remarcar que son niños con mucho potencial, inteligentes y que saben tomar decisiones, solamente necesitan del espacio para crecer y apoyo.
La película rompe con estereotipos sobre las comunidades indígenas y sobre la migración. ¿Por qué es importante romper con estos clichés?
Me parece importante porque nos permite ver las cosas desde distinta manera. A mí me ha tocado ver las cosas desde adentro, pero también desde afuera. Ahora vivo en la ciudad de Oaxaca, no en mi pueblo y creo que es necesario romper los encuadres que ponemos a la gente y a las historias. Hay que hablar de migración y de la vida en las comunidades indígenas, pero también nos falta repensar los enfoques para llegar a otro tipo de público. Si cuentas este tipo de historias desde tu experiencia o tu vivir el resultado será distinto. Por fortuna cada vez hay más cineastas indígenas retratando a sus comunidades.
¿Cómo ha sido recibida la película en su comunidad?
La presentamos durante la fiesta del pueblo y les gustó. La proyectamos en una cancha, hicimos palomitas y los actores locales estuvieron ahí. Por supuesto cambiamos algunas cosas, pero creo que la disfrutaron bastante.
