“Es probable que entremos en una era de movilización social que contrarreste los proyectos tecnoligarcas”: Humberto Beck

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La noción del cambio repentino como una vía para refundar una sociedad, ha sido y es, una constante a lo largo de la Historia, de esto da cuenta el historiador y académico, Humberto Beck (Monterrey, 1980), en su nuevo libro Insurrección, anarquía, revolución: una anatomía de la política del instante (El Colegio de México).

Autor de los títulos Otra modernidad es posible y The Moment of Rupture, Beck revisa el desarrollo de la movilidad social y el resurgimiento de lo que llama “instantaneidad”, como una vía de cambio. Al mismo tiempo, advierte que actualmente existen condiciones para la radicalización política.

En este contexto, el escritor plantea que pese a que México es una excepción en Latinoamérica, presenta “sombras de autoritarismo evidentes”.

¿Cómo nace esta investigación y cómo llegas al concepto de instantaneidad?

Este libro es un segundo momento de un proyecto de investigación más grande que surgió con mi obra anterior, El momento de la ruptura. Me interesa responder a la pregunta ¿de qué manera los movimientos o actores políticos se han imaginado el cambio político radical? Así fue como llegué al concepto de instantaneidad. Al revisar textos teóricos o programáticos de movimientos socialistas, comunistas, anarquistas, democráticos y liberales, descubrí que se habla mucho del cambio repentino. Es decir, buscaban una ruptura radical con el pasado para recrear la sociedad de nuevo, esa era su manera de legitimar su acción, esto lo podemos ver desde la revolución francesa hasta la rusa.

De hecho, planteas que la Revolución Rusa es el último movimiento con esta vocación…

La Revolución Rusa es el último gran ejemplo de un movimiento revolucionario que se proponía un cambio radical que triunfó, por lo menos en Europa. Sin embargo, en el libro hablo también del movimiento espartaquista en Alemania encabezado por Karl Liebknecht y Rosa de Luxemburgo, como el último gran intento por hacer una transformación total en Europa. Después ha habido otros incluso en otros lugares, por ejemplo, las revoluciones China y cubana. Con esto quiero decir que si bien han dejado de tener éxito siempre han estado presentes en el imaginario político.

A través del recorrido histórico que haces, notamos también un cambio en el significado de la palabra revolución, al punto de que hoy puede sonar antigua.

El concepto “revolución” tiene una larga historia cuyo capítulo más reciente es el desprestigio producto de la caída de los regímenes socialistas. A partir de 1989 y 1990 se posicionó la idea de que las revoluciones generan regímenes autoritarios. No obstante, su noción como fuente de esperanza para gente cansada de los abusos, sigue formando parte del imaginario de los movimientos sociales y de ciertos grupos radicales. Ahora ya no se habla de movilizaciones como la soviética, pero sí se sigue creyendo en la capacidad de la organización social para transformar las cosas para bien.

El concepto de insurrección, ¿cómo evoluciona?

Mi propuesta es pensar la insurrección como algo distinto a la revolución. La insurrección equivale al estallido, cuando por razones de insatisfacción social un cierto grupo de personas que se organizan, manifiestan de forma explosiva su descontento. Si ese momento crece, se desarrolla y se institucionaliza en un cambio generalizado, podríamos hablar de una revolución. Pero la insurrección tiene su propia lógica, en este sentido, sigue siendo actual sobre todo si pensamos en la Primavera Árabe o en los indignados de España. Los pioneros de la revalorización del concepto de insurrección fueron los zapatistas, en México. Algo que tienen en común estos movimientos es que comparten el desprestigio, junto con los liberales, y la crítica a la idea de revolución. Recuperan el valor de la insurrección como una vía de transformación.

El otro concepto que revisas en tu libro es el de anarquía…

Propongo a la anarquía como una variación de la insurrección que busca una sociedad sin jerarquías. Esto es lo que distingue a los anarquistas de los socialistas que buscan un cambio radical en términos de la distribución del poder político. Es decir, quieren un cambio a partir de abolir la estructura del Estado.

¿Dónde ubicas hoy un movimiento visible de pensamiento anarquista?

Este pensamiento ha tenido un resurgimiento en las últimas décadas, al menos en la retórica porque ofrece una alternativa liberadora y saludable respecto a las experiencias negativas del socialismo real. De las decepciones soviéticas o china, viene la necesidad de rescatar tradiciones radicales como el anarquismo. Sin embargo, un gran problema de este retorno al anarquismo es el secuestro del concepto libertario, término que en castellano se relaciona con los sindicalistas españoles de la Guerra Civil y que tuvo alcance en Italia o Francia. Hoy, desgraciadamente la palabra libertario ha sido secuestrada por los ultracapitalistas y la ultraderecha, que se llaman así mismos libertarios. Yo pretendo reivindicar la palabra desde un sentido anarquista.

¿En qué momento el significado de la palabra “libertario” dio un giro de 180º?

La clave de esta confusión está en el neoliberalismo, corriente que durante los ochenta y noventa se presentó como una alternativa a los estatismos de mediados del siglo XX. Adquirió cierto prestigio de liberación, novedad, cambio y apertura, fue ahí cuando se dio esta operación retórica que identifica al neoliberalismo con liberación. No obstante, fue una interpretación espuria porque se presenta como una crítica al Estado y en favor del mercado, pero oculta que el mercado es otro sistema de opresión. Los anarquistas originales se oponían a ambos sistemas de opresión.

¿En un plano concreto donde ubicas una vocación anarquista?

Hay un resurgimiento teórico visible en pensadores como Giorgio Agamben o Toni Negri. Lo vemos en otro plano, en movimientos como las protestas antiglobalización de principios de este siglo. Sin embargo, su resurgimiento más visible está en retóricas difusas y menos identificadas con ideologías concretas que permea a los movimientos sociales contemporáneos como el feminismo, el ambientalismo. En México los movimientos de víctimas tienen algo de la vocación autonomista del anarquismo histórico para los cuales lo importante no es la meta, sino el camino. Es decir, una política prefigurativa donde lo importante es poner en práctica desde la movilización misma, ideas como la libertad y la autonomía: encarnar el ideal en la práctica y en la vida, sin esperar a que triunfe.

Esto da pie a que a final del libro hablas de un resurgimiento del concepto de instantaneidad.

Sí, ubico tres vías que retoman la noción del cambio repentino: a partir una guerra nuclear que ahora se ve una posibilidad real; otra es la singularidad, planteada por utopistas tecnológicos que consideran que los sistemas de inteligencia artificial pueden adquirir autonomía para controlar aspectos sociales; y la tercera, a mi juicio la más importante, el permanente regreso a la idea de cambio repentino presente en toda movilización social.

¿Hay una tensión entre esto que planteas y el resurgimiento de la extrema derecha?

Hay una vinculación, en tanto que los movimientos de extrema derecha han secuestrado la retórica revolucionaria para movilizar a la sociedad. Veo también, otra relación más profunda y es que en la medida en que se fortalezcan regímenes opresivos con nuevas formas de explotación digital, se crearán las condiciones para que más personas u organizaciones sociales vean en el cambio radical una opción. Es probable que entremos en una era de movilización social que contrarreste los proyectos tecnoligarcas que tienen como objetivo final desaparecer el trabajo como factor de la producción. Creo que esto generará, inevitablemente, las condiciones para una forma de radicalización política.

¿En este contexto dónde está México? Aquí la izquierda gobierna y habla de una revolución de las conciencias.

México representa una excepción en el contexto mundial. Es un país gobernado por una izquierda que fue reelecta, cuando América Latina está mirando a la derecha. Ahora bien, se trata de una izquierda particular porque recurre a lugares comunes del nacionalismo revolucionario, y sin embargo, en los hechos es más conservadora. Sus logros progresistas se limitan a haber introducido cambios de dignidad básica que los gobiernos anteriores habían ignorado, ese es su gran mérito. Fuera de eso, sus políticas buscan socavar las posibilidades de autonomía social a favor del control político del Estado mexicano, cuando el cambio realmente progresista sería emancipar a las personas para crear condiciones de autonomía social, política y económica. Por eso ven a las organizaciones sociales como enemigos políticos.

¿Ves rasgos totalitarios?

No, pero sí veo sombras de autoritarismo evidentes. El proyecto político de Morena se basa en acotar el pluralismo político para que no amenace su poder. La popularidad de Morena se basa más en una percepción de progresismo, que en hechos concretos. Cuando se haga el balance de estos sexenios, veremos que fue una época de una profunda erosión del Estado democrático con efectos negativos para la ciudadanía.

¿Cómo ciudadanos estamos dispuestos a sacrificar libertades a cambio de más tecnología?

Agamben tiene razón cuando dice que la tendencia mundial es hacia la integración sistémica, es decir, mediante las tecnologías digitales impulsadas por el capitalismo, cada vez somos más dependientes de plataformas privadas. Por eso es fundamental tener un Estado democrático fuerte que pueda defender los intereses de la autonomía social frente a la depredación de las grandes corporaciones tecnológicas, de ahí la tragedia de la erosión del Estado democrático en México y el mundo.

¿Es reversible esta tendencia?

Es una tendencia muy fuerte, pero no podemos dejar de tener la perspectiva de que es reversible y es ahí donde discursos como el del cambio radical o la actualización del ideal político, se pueden convertir en recursos para la movilización y el cambio.