5 poemas para celebrar el centenario del natalicio de la irrepetible Carmen Martín Gaite
Carmen Martín Gaite, quien nació en Salamanca, España, el 8 de diciembre de 1925, fue una de las narradoras españolas más influyentes del siglo XX, figura esencial de la llamada Generación del 50 (que agrupa a escritores nacidos en torno a 1920 que publicaron en la década de 1950, marcados por la posguerra civil española) y autora de una obra tan diversa como profundamente personal.
Formada en Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, muy pronto mostró una vocación literaria alimentada por lecturas amplias, un entorno intelectual estimulante y un temperamento abierto a la conversación y al intercambio de ideas.
Su llegada a Madrid en 1950 marcó un punto de inflexión: allí se integró en el núcleo literario que acabaría conformando la Generación del 55, estrechando lazos con Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile o Rafael Sánchez Ferlosio, con quien contrajo matrimonio en 1953.
Su carrera se inauguró con fuerza gracias a El balneario (1955), que recibió el Premio Café Gijón, y poco después el Premio Nadal por Entre visillos (1957), una lúcida radiografía de la juventud provinciana de posguerra.
A estos primeros títulos siguieron novelas como Las ataduras (1960), Ritmo lento (1963), Retahílas (1974) o la emblemática El cuarto de atrás (1978), obra clave donde reflexiona sobre la memoria y el poder de la palabra, reconocida con el Premio Nacional de Literatura. En paralelo, investigó en profundidad la historia de las mentalidades y firmó ensayos decisivos como Usos amorosos del dieciocho en España (1972) o El cuento de nunca acabar (1983), que condensan su mirada curiosa y su defensa de la conversación como motor narrativo.

Versátil e infatigable, escribió teatro, guiones televisivos, como la serie Teresa de Jesús (1982) o Celia (1989), así como cuentos infantiles entre los que destaca Caperucita en Manhattan (1990), colaboró en prensa y tradujo a autores como Emily Brontë, Natalia Ginzburg o Virginia Woolf.
En los años noventa alcanzó una enorme popularidad con novelas como Nubosidad variable (1992), La Reina de las Nieves (1994) o Irse de casa (1998). Su trayectoria fue ampliamente reconocida con premios como el Príncipe de Asturias (1988), el Premio Nacional de las Letras (1994), la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes (1997) o la Pluma de Plata del Círculo de la Escritura (1999).
Autora libre, generosa y cercana, que entendía la literatura como un diálogo, dejó tras de sí una obra que continúa viva y que sigue fascinando a nuevas generaciones de lectores.
Falleció en Madrid el 23 de julio de 2000.
A continuación, te dejamos 5 poemas de esta indiscutible figura de las letras en español, a 100 años de su nacimiento.
1. Canción rota
Siempre que iba a cantar
algo se interponía
y a mí no me importaba,
¡había tanto tiempo!
Mi canción se quedaba en el alero,
confiada,
meciéndose en la espera
cuajada de horizontes.
Si alguna vez con mudo gesto antiguo
acaricio las cuerdas,
el aire se retira
y el corazón me late nuevamente
con aquellos latidos turbulentos,
heraldos de mi canto.
¡Ay mi canción truncada!
Yo nunca tenía prisa
y la dejaba siempre,
amor, para después.
2. Certezas
Habéis empujado hacia mí estas piedras.
Me habéis amurallado
para que me acostumbre.
Pero aunque ahora no pueda
ni intente dar un paso,
ni siquiera proyecte fuga alguna,
ya sé que es por allí
por donde quiero ir,
sé por dónde se va.
Mirad, os lo señalo:
por aquella ranura de poniente.
3. Me pesas como un fardo
Me pesas como un fardo, primavera.
No tengo fuerzas para alzar de nuevo
la antorcha de mi risa y de mi engaño
contra tus hojas nuevas.
Ya no es tarde ni es noche.
En la plaza los pájaros se persiguen, antiguos.
En la plaza se encienden los faroles.
Me pesas, primavera.
Henchidos de tu zumo,
los niños se han perdido de la tierra.
Buscan aquel palacio de ahora mismo,
apagado de pronto en el ocaso,
apagado al final de sus veredas.
Antigua tarde. Pájaros antiguos.
Bajo un cielo cuajado de lunares
se encienden los faroles
y se pierden los niños.
Me tumbo bocabajo,
no tengo fuerzas para alzar de nuevo
la antorcha de mi risa y de mi engaño;
primavera de luz inabarcable,
me pesas como un fardo.

4. Descarrilamiento
Nos hemos despertado,
la máquina hecha añicos,
disparados a miles de kilómetros,
con este malestar de madrugada
en un campo sin árboles
entre pavesas frías,
magullados los huesos
y seco el paladar.
¿Cómo pudo ocurrir el descarrilamiento?
Ahora mismo, hace un rato,
ya no sé si te acuerdas,
íbamos por el campo
en un tren rojo
de pitidos triunfales
y el aire se metía por todas las ventanas.
Ahora mismo, hace un rato,
deja que te lo cuente,
tuvimos en las manos
palancas, manivelas y clavijas
de una locomotora que inventábamos
casi sin darnos cuenta.
Éramos fogoneros, viajeros, revisores
en aquel gran tinglado fulminante
solamente habitado por nosotros.
«¿Te parece —te dije— a doscientos por hora?»
Y tú manipulabas allí gesticulando
a la luz de las chispas que nacían.
Nos hemos despertado
entre pavesas frías,
magullados los huesos
y seco el paladar
en un paisaje inhóspito.
¿Cómo pudo ocurrir el descarrilamiento?
5. Farmacia de guardia
No es Valium ni Orfidal,
no me ha entendido.
Se trata de la fe. Sí: de la fe.
Comprendo que es muy tarde
y no son horas
de andar telefoneando a una farmacia
con tales quintaesencias.
Lo que yo necesito
para entrar confiada en el vientre del sueño
es algún específico protector de la fe.
¿Que le ponga un ejemplo más concreto?
Pues no sé… Necesito
creerme que este saco
cerrado por la boca
y en cuya superficie
se aprecia la joroba
de envoltorios estáticos
puede volver a abrirse alguna vez,
a provocar deseos y sorpresas
bajo la luz del sol y de la luna,
bajo el fervor clemente
de los dioses del mar.
¡Oh, volver a sentir lo que era eso!
Y ni siquiera necesito tanto
—ya es menos lo que pido—;
simplemente creerme
que un día lo sentí
intempestivamente
cuando más descuidada andaba de esperarlo,
y supe con certeza
que sí, que se podía,
que un corazón doméstico
cuando al fin se desboca
es porque está latiendo sin saberlo
desde otro muy cercano.
Ya. Que no tienen nada.
Pues perdone.
Comprendo que es muy tarde
para hacerle perder a usted el tiempo
con tales quintaesencias.
Ya me lo figuraba.
Buenas noches.
